Por: Manuel Guerra

El viejo topo de la lucha de clases, que durante un tiempo hacía su trabajo soterrado, en el presente sale a la superficie y muestra su verdadera fisonomía. La crisis del modelo y del régimen político, la gran corrupción, la descomposición moral y los efectos devastadores de la pandemia se han encargado de correr el velo y mostrar la desnudez de las clases dominantes, su real naturaleza, su forma de actuar cuando ven amenazados sus privilegios.

La democracia que pregonan se vuelve palabra hueca para dar paso a la prepotencia, al uso abusivo de los medios de comunicación, la manipulación de las encuestadoras, el dinero a raudales que ponen a disposición para propagar las más groseras mentiras, para meter miedo, para echar barro, para terruquear, para mantener un ejército de troles y cuentas falsas que inundan las redes sociales.

Todo para dejar fuera de carrera en el actual proceso electoral a la opción del cambio democrático y patriótico encabezado por Verónika Mendoza, candidata de Juntos por el Perú.

Sucede que la gran mayoría del pueblo peruano ya está cansada de pagar los platos rotos de la crisis y cargar sobre sus espaldas los efectos de un modelo que no le trae beneficio alguno, mientras un puñado de privilegiados engorda sus bolsillos a costa del saqueo del país, del robo descarado y de la desgracia de muchos.

Ya no soporta la escasez de oxígeno y de camas UCI, los escándalos de las vacunas, la pérdida de sus empleos, el alza de los combustibles, el sicariato de todos los días, la pérdida de clases por no tener para pagar la pensión, no contar con dinero para hacer las compras, la impunidad de los corruptos, la degradación de la política, el engaño, la demagogia, el cinismo.

Y esta gran mayoría de peruanos y peruanas se ha puesto de pie y exige cambios verdaderos, solución a sus más acuciantes problemas de salud, trabajo, educación, subsistencias, seguridad, que solo podrán resolverse cambiando las reglas de juego impuestas por el modelo neoliberal y la constitución fujimorista.

Y la derecha tiene miedo. Juega sus cartas y deshoja margaritas apostando por uno u otro de sus vástagos. Abre la caverna para que salga un López Aliaga; con Lescano ensaya una careta centrista para robarle votos a la izquierda, le lava el rostro a la señora K, le insufla aire a Forsyth; tampoco desperdicia la oportunidad de usar a esos felipillos que ofician de candidatos y que, desde la izquierda, se han impuesto el triste papel no de ganar las elecciones, sino impedir el triunfo de Verónika Mendoza.

Incapaz de luchar con argumentos, pisotea la democracia, pervierte la libertad de expresión, echa mano a la guerra sucia, se arrastra en el lodo, cuenta con el servicio de plumíferos a sueldo, coloca detrás de cámaras y micrófonos a profesionales de la vileza, cuyas “unidades de investigación” se alimentan de los batidos preparados por los servicios de inteligencia.

El país se va polarizando entre cambio verdadero y continuismo neoliberal; entre democracia y autoritarismo; entre descomposición y regeneración moral; entre bienestar y exclusión para las mayorías; entre el pesimismo y la esperanza.

Estamos a pocas semanas del momento decisivo para abrir un nuevo rumbo al país. A contrapelo de lo que pretenden hacernos creer los grandes medios de comunicación y las encuestadoras truchas, Verónika avanza victoriosa. ¡Venceremos! Con esta convicción continuemos trabajando con firmeza y optimismo; desde todos los rincones de la patria sumémonos a la corriente del cambio verdadero.

¡Otro país es posible, juntos podemos lograrlo!