Por: Manuel Guerra

Durante las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado la izquierda peruana tuvo su mejor momento, producto de una acumulación que provenía desde los años 50 en adelante. La confluencia de la labor de la izquierda con el movimiento popular fue decisiva en la derrota de la dictadura militar, proceso que dio a luz a la Constituyente de 1979 y la convocatoria a nuevas elecciones al año siguiente. En el nuevo escenario el protagonismo de la izquierda alcanzó su cúspide con la formación de Izquierda Unida, convirtiéndose en la segunda fuerza electoral del país, con fuerte presencia en el Parlamento, en decenas de gobiernos regionales y locales, incluido el importante triunfo de Alfonso Barrantes Lingán, que se convirtió en el primer alcalde socialista de Lima.

En aquel periodo las coordenadas que diferenciaban a las organizaciones de la izquierda y que sustentaban sus contradicciones estaban muy ideologizadas e influenciadas por la valoración o el alineamiento a tal o cual experiencia revolucionaria internacional. Cada cual en su trinchera asumía que interpretaba correctamente el marxismo-leninismo y excluía al resto calificándolo de reformista, revisionista, ultraizquierdista, electorero, dogmático. Afectados por la división del Movimiento Comunista Internacional se entablaron agudas confrontaciones entre los “pro chinos” y los “pro soviéticos”, terciando en la contienda las diversas manifestaciones del trotskismo, los antifascistas, los seguidores del albanés Enver Hoxa y otros grupos menores.

A contrapelo de que por entonces se dio una importante contribución al estudio de la realidad peruana a cargo de investigadores sociales, economistas e historiadores que accionaban dese las universidades y otros ámbitos, en términos generales el Perú estaba ausente en estos debates de las organizaciones de izquierda. Si bien es cierto que parte importante de las discusiones estaban signadas por definir el carácter de la sociedad peruana y, como consecuencia de ello, el carácter de la revolución: socialista o democrática popular; insurreccional o guerra prolongada, muy poco los resultados de una investigación de la realidad objetiva sustentaban estas discrepancias; el punto de partida era el guion que manejaba cada quien para luego ajustar la realidad a dicho esquema.

El vacío en estas discusiones se presentaba en el qué hacer para reorientar la economía, resolver el problema agrario, combatir la inflación, generar el desarrollo, incrementar el empleo, acabar con la pobreza y otros urgentes problemas que aquejaban y preocupaban a la población. Oscilando entre el maximalismo y el reivindicacionismo gremial, la izquierda se había forjado más como oposición que como alternativa. En tales condiciones no es raro que las autoridades de izquierda no supieran qué hacer en la gran mayoría de gobiernos locales y regionales que tuvieron oportunidad de gestionar como consecuencia del importante respaldo electoral que se obtuvo en la primera mitad de los 80.

Esta ausencia de visión de un proyecto de país atentó contra la unidad lograda, a nivel político en Izquierda Unida y en el movimiento social en la Asamblea Popular Nacional. Disputas estériles e irresponsables marcadas por el hegemonismo y el coyunturalismo hicieron fracasar estas experiencias que bien pudieron jugar un papel histórico para abrir un nuevo rumbo al país. Ello contribuyó a la expansión de la barbarie senderista, hábilmente aprovechada por la derecha para golpear a la izquierda y al movimiento popular; a esta debacle se sumó el derrumbe de la ex URSS, con lo que la ofensiva neoliberal se impuso sin mayores resistencias.

Colocada durante un largo tiempo a la defensiva, en el presente las condiciones son excepcionalmente favorables para la recuperación y el protagonismo de la izquierda, habida cuenta de la crisis del andamiaje neoliberal. Se abre otra vez una enorme oportunidad para cerrar un ciclo histórico y abrir uno nuevo, tarea que solo podrá llevarse a cabo con el protagonismo de la izquierda y el movimiento popular, como núcleos de la más vasta unidad de los sectores que se oponen al neoliberlismo y aspiran a un Perú distinto.

Pero la amplitud significa también diversidad y exige madurez, tolerancia, capacidad para identificar al enemigo principal y entender que para enfrentarlo debemos caminar con quienes no coinciden con pocos o muchos de nuestros puntos de vista. Por ello la importancia de unirnos en torno a un proyecto de país, trabajando sobre los puntos de conexión entre las fuerzas integrantes, partiendo de lo que nos une y lo que estamos de acuerdo, no sobre lo que nos diferencia y genera controversia. Afirmar las coincidencias y tratar las diferencias paso a paso, es el método adecuado.

Por consiguiente, resultan peligrosas para este proyecto unitario aquellas posturas aparentemente radicales que pretenden sustentar que existe una izquierda chola versus una izquierda mesocrática, una izquierda provinciana versus una limeña; o también colocar como punto de partida la posición que cada uno tiene sobre Venezuela, Cuba o Nicaragua, o sobre los matices que existen sobre el enfoque de género y la comunidad LGTB y, a partir de ello trazar la línea de los linderos de la unidad. Atrincherarse sobre estos remas y considerarlos como cosas irreductibles imposibilita la unidad. Al fin y al cabo, no representan cuestiones de principio, ni criterios que no se puedan modificar, a diferencia de temas como la corrupción y el terrorismo, que no deben tener cabida en espacios que pretenden renovar el país.

Saquemos lecciones del fracaso de IU, no echemos a perder nuevamente la oportunidad que tenemos al frente; dejemos a los falsos profetas que se entretengan con sus credos disociadores y sus verdades absolutas y vayamos al encuentro de la inmensa mayoría de peruanos que creen que otro Perú es posible.