Por: Rolando Breña Pantoja

Me corrijo. No te fuiste. Te llevaron, cuando aún no querías mudar de predio. Tu última gambeta no salió bien, por primera vez no salió bien. También la muerte, al parecer, tiene sus propias gambetas o una muralla defensiva que tu dribling diabólico o divino no pudo sortear.


No me importa si, como dicen los comentaristas enterados, fuiste el mejor pelotero del Mundo. Lo que sé, y de sobra, es que fuiste el mejor futbolista humano de todos los futbolistas humanos. Todo en tí era fútbol. Eras algo así como el fútbol hecho hombre, hecho Diego, hecho Maradona, hecho “Pelusa”. Jugabas con todo el cuerpo y con todo el espíritu, hasta con “la mano de Dios” para darle un título mundial a la albiceleste, como revancha sublimada por la afrenta en Las Malvinas perpetrada por la Rubia Albión, o como dice bien, Augustín Louis Marie de Ximenés, “La Pérfida Albión”.


El fútbol no parecía ser una profesión para ti, más bien una diversión. Más que formalidad, disciplina rigurosa, seriedad, era una forma de vivir con alegría y desenfado compartiéndola con todos, especialmente con aquéllos a los que la alegría les es escasa por los rigores que la vida impone, o mejor, que algunos imponen para vivir la vida que a otros les es negada. No era tu fútbol para amasar millones, que te llegaron y se fueron como vinieron. Ni tú mismo sabes, de seguro, dónde ni cómo se fueron.


Niño terrible metido al fútbol con amor primero y último. Pletórico de travesuras y rabietas adorables y otras reprochables. Irreverente con todo y con todos. Enemigo jurado de las mafias empezando con la mismísima vetusta y comercial FIFA. Desbordante en tus amores a tus querencias argentinas, a tus hijos, a tus amigos (que no pocas veces te jugaron sucio). Desbordante también en tus aversiones, un lengua larga de polendas y un Chato, ya gordo en la madurez, dispuesto a la rebeldía, a la controversia y a la bronca. Lo gris y lo oscuro de la vida te sembraron redes en las que enredaste a veces más de lo que nosotros hubiéramos querido y, posiblemente, más de lo que tú mismo quisiste.


Diego, Dieguito, la pelota se ha quedado viuda. Te habías desposado con ella “hasta que la muerte nos separe”, para los buenos y los malos tiempos y le guardaste absoluta fidelidad, más que a tu otra vida sentimental.
La pelota es también hoy huérfana. La tratabas cual padre amantísimo. La acariciabas, la protegías, la escondías, la paseabas de un lado a otro, la besabas con el cuerpo y con el espíritu. La amabas y, por cierto, igual le dabas cabezazos y patadas para guardarla en las mallas del arco contrario.
Disculpa “Pelusa” que te lo diga. Pero, aunque no lo supieras, fuimos parientes. Parientes en la vida de los pobres, humildes y marginados. Parientes en la rebeldía que levanta el grito y el puño para que la justicia social y la democracia al f in lleguen a la mayoría de las vidas. Parientes en la imagen y en la lucha de Fidel y la Revolución Cubana que son lumbre para el fuego y la luz de los caminos para América Latina.


En fin, fuiste zurdo con el pie y de izquierda con la cabeza. Quizá, digo, es un decir, la unión de tu zurda física y tu izquierda mental, es la que le dio a tu fútbol sus maravillas, sus alegrías, le dio pueblo.


Diego, creo que es obligado recordar a Carlitos Gardel y cantar con él:
Adiós muchachos compañeros de mi vida,
barra querida de aquellos tiempos,
me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de la buena muchachada.
Adiós amigos ya me voy y me resigno,
contra el destino nadie la talla,
se terminaron para mí todas las farras,
mi cuerpo enfermo no resiste más.


No sé por qué hablo de ti en pasado. Los que te amaron y amaron tu fútbol no permitirán tu ausencia.