SAMIR AMIN NOS DEJÓ, SU LEGADO QUEDA

Por: Mario Tejada

Fue un extraordinario economista marxista, un combatiente por la liberación de los pueblos y el socialismo. Este domingo 12, en París, su corazón ya no latió más. En nuestro medio, no se ha mencionado su muerte, y es que para nosotros, inclusive en los medios de izquierda fue casi un desconocido. Recién hoy, de casualidad, me enteré de tan ingrata realidad.

Transcribo unos párrafos que escribió en conmemoración por los 100 años de la Revolución de Octubre.

Las grandes revoluciones hacen la historia; las resistencias conservadoras y las contrarrevoluciones no hacen más que retrasar su curso. La revolución francesa inventó la política y la democracia modernas; la revolución rusa abrió el camino a la transición socialista; la revolución china asoció la emancipación de los pueblos oprimidos por el imperialismo a su implicación en la vía del socialismo.

Estas revoluciones son grandes, precisamente porque son portadoras de proyectos que están muy por delante de las exigencias inmediatas de su tiempo. Y es por ello que chocan, en su progresión, con las resistencias del presente que están en el origen de los retrocesos, de los termidores y de las restauraciones. Las ambiciones de las grandes revoluciones, expresadas en las fórmulas de la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad), de la revolución de Octubre (proletarios de todo el mundo, ¡uníos!), y del maoísmo (proletarios de todos los países y pueblos oprimidos, ¡uníos!) no encuentran su traducción en la realidad inmediata. Pero siguen siendo los faros que iluminan los combates siempre inacabados de los pueblos por su realización. Es, pues, imposible comprender el mundo contemporáneo haciendo abstracción de las grandes revoluciones.

Conmemorar estas revoluciones equivale, por tanto, a tomar la medida de sus ambiciones (la utopía de hoy será la realidad del mañana) y la mismo tiempo comprender los motivos de sus retrocesos provisionales. Los espíritus conservadores y reaccionarios se niegan hacerlo. Quieren hacer creer que las grandes revoluciones no han sido más que accidentes desafortunados, que los pueblos que las han hecho, llevados por su entusiasmo engañoso, se han metido en un callejón sin salida y a contracorriente del curso normal de la historia. Esos pueblos han de ser castigados por los errores criminales de su pasado. Los espíritus conservadores no creen que sea posible ni deseable la emancipación de la humanidad y abolición de las desigualdades. La desigualdad de los individuos y de los pueblos, la explotación del trabajo y la alienación son para ellos exigencias eternas.