PINGLO, EL BARDO INMORTAL. HOMENAJE A LIMA, 483 ANIVERSARIO

Por: Mario Tejada Toledo

                              I

Letras y melodías que estuvieron a la altura de su época, y que seguirán trascendiendo el tiempo y las circunstancias como parte del alma de nuestro Perú: tal es el legado de Felipe Pingo Alva, cuya obra fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación por  el Ministerio de Cultura del actual Gobierno.

Debemos señalar que este gesto es solamente extender un certificado, y en el mejor de los casos un diploma de honor a quien ya fue reconocido hace muchos años por el pueblo peruano como  el mejor compositor de música costeña. Lo cual ha sido refrendado por los mayores intérpretes, creadores e investigadores de este género musical. Ninguno lo ha puesto en duda; prueba de ello es que Manuel Acosta Ojeda, destacado autor, compositor e investigador de la música popular, le dedicó una investigación en el libro que tituló Felipe de los pobres.

Cabe preguntarse por qué esta unanimidad en considerarlo el más grande entre los grandes desde la ya lejana década del 40 del siglo pasado, a los pocos años de su dolorosa partida el 13 de mayo de 1936. Solamente señalaremos que, teniendo como base las creaciones de los compositores de La Guardia Vieja cuyos inicios se ubican en los últimos años del siglo XIX,  y que fueron los que popularizaron el valse cuando todavía no llegaba la radio a la ciudad de Lima; Pinglo, tuvo el mérito de ser  el compositor que modernizó su ritmo, melodía y letra creando un marco de referencia para sus contemporáneos y los que siguieron. Ello permitió que se extendiera masivamente por la radio y los discos, y que en las décadas del 40 y 50 alcanzara  su mayor esplendor.

                              II

Para tener una imagen de cuál fue el contexto geográfico y social donde Pinglo se forma musicalmente, hay que tener en cuenta que recién a principios del siglo XX Lima comienza a convertirse en una ciudad, con la implementación del alcantarillado, la luz eléctrica, el asfaltado de las calles y la creación del transporte público. El Perú estaba muy lejos de  la centralización poblacional y económica que en la actualidad padecemos, y la capital tenía un promedio de 250,000 habitantes, similar a las ciudades del Cusco, Arequipa, Puno, Trujillo y Piura. Sus barrios más poblados eran el Cercado de Lima, los Barrios Altos, el Rímac y, en menor medida, La Victoria.

Existían casas-huertas y una limitada extensión de manzanas con casas habitadas, que generalmente estaban rodeadas de chacras y haciendas. Fácilmente, y caminando, uno podía conocer toda la ciudad -hoy prácticamente imposible- y convivir con jardines y plantas de cultivo de grandes extensiones, como sucede cuando uno visita los pueblos de la costa y de la sierra. En este contexto habitaban trabajadores, en su mayoría artesanos, así como albañiles, carpinteros y vendedores ambulantes, entre otros; y, tímidamente, con la construcción de las primeras fábricas, comenzó a aparecer el proletariado.  Lo que es ahora el distrito de Ate Vitarte, empezó a constituirse en esos años en un polo de la industria textil de Lima.

La mayoría de las clases populares vivían en callejones –que tenían a una cruz como protección, y algunos, también, a un santo o una virgen-. Por ello, en mayo, en que se celebra la Fiesta de la Cruz, los domingos sus calles se convertían en  una algarabía de personas de toda edad, que acompañaban sus cruces con bandas, cohetes, sahumerios y alcancías, y las personas que echaban  una limosna se hacían acreedores a una escarapela de cartulina con un sello de la hermandad  que se colocaba en el pecho.

En este ambiente social-cultural comienzan a surgir las primeras experiencias de valses generados por las clases populares, creando un nuevo género musical, desde abajo, por los oprimidos. El resultado fue nuevas formas de interpretación, sentimientos y coreografías. Muchas composiciones de los primeros años del siglo XX  no tuvieron autor, y otras, como el famoso vals El guardián han quedado registradas con los nombres de  Julio Flores y Juan Peña Lobatón, o La alondra, del recordado compositor Pedro A. Bocanegra.

A estas generaciones de compositores y sus composiciones se les denomina La Guardia Vieja, por ser los primigenios. Fue en este ambiente, donde músicos y cantantes ensayaban e igualmente  los compositores creaban sus canciones, en que se nutrió Felipe Pinglo desarrollando su cultura musical. Otras fuentes de vivencia fueron las serenatas y cumpleaños que generalmente duraban varios días, incluyendo sus noches.

                              III

Pinglo no solamente fue compositor, también cultivó la guitarra y el canto, por lo cual era frecuente que en la semana asistiera a varios cumpleaños y serenatas, en particular porque pertenecía a los Barrios Altos, donde existieron numerosos y famosos callejones abanderados de la bohemia musical criolla de Lima. Igualmente, al visitar otros barrios tuvo oportunidad de conocer a intérpretes, músicos y compositores con estilos propios. Pocos aficionados tienen conocimiento que en esos años existían diversos tipos de interpretaciones de los valses según los barrios; así, se practicaron el estilo del Rímac, de La Victoria o de los Barrios Altos.

Al llegar el cine parlante, la radio y los discos comenzaron a escucharse y expandirse  géneros musicales extranjeros, particularmente el norteamericano con el chárleston y el  one-step, el argentino con los tangos y el mexicano con las rancheras y los boleros. Felipe Pinglo compuso muchos one-step, siendo uno de los más famosos Llegó el invierno, que hasta ahora se interpreta, siendo la versión más conocida la cantada por Esther Granados. Este género musical tuvo gran influencia en la composición de sus polkas.

El influjo de los géneros musicales internacionales se mezcla con el predominio de la  naturaleza. Ello por la presencia de las haciendas, chacras y jardines que en esos años circundaban Lima. Buen número de sus valses denotan su influencia, por ejemplo la canción El bouquet: Las flores que he cogido del jardín/las he hecho un bouquet para mi amor/tiene jazmín del cardo y tulipán/también claveles rojo de ilusión…; o El huerto de mi amada: Si pasas por la vera del huerto de mi amada/ al expandir tu vista hacia el fondo verás/ un forestal que pone tonos primaverales/ en la quietud amable que los arbustos dan… También Jacobo el leñador, vals de un profundo contenido social, que retrata la vejez de un hombre que se gana la vida extrayendo leña de un bosque cercano a Lima para venderla como combustible: Rendido por el infortunio/ al pueblo avanza el leñatero/ el peso del añoso leño/ aumenta su sufrir tan cruento…  Y su primera composición: Amelia, con aires de pradera realizada en 1917: En medio del bosque/ su base levanta/ una linda choza/ al pie de un arroyo/ ahí vive mi Amelia/ mi anhelo, mi amada/ todita mi dicha/ y todo mi tesoro.

Cuando pinta musicalmente el físico de las limeñas se nota el influjo de la poesía modernista con aires pintorescos, que nos retraen a las acuarelas de Pancho Fierro o de Mauricio Rugendas: Ven acá limeña  es un ejemplo de ello: Ven acá limeña que mi anhelo es el gozar por ti/ tu belleza es muy tradicional/ ven acá limeña que mi anhelo es el gozar por ti/ linda limeñita no seas así./ Tu pie de arlequín bello es, labios de puro coral/ cuerpo de niñera, bello rostro, encantadora faz/ al verte yo así mi bien con tanta beldad sin par/ vivan las limeñas su gracia y su andar.

Pobre obrerita nos ofrece otra imagen de la mujer, que en este caso es una imprecación por la injusticia y que vislumbra su visión de clase: Pobrecita la obrerita que trabaja/ día y noche para salvar de la tragedia/ y no tiene más cariño ni otro amparo/ que su buena madrecita a quien mima con fervor/ sumergida en sus sueños de pobreza/ su casita es un palacio, la máquina es su pasión/ y cuando alguien le promete mil grandezas/ responde que con su Singer tiene/ en el banco un millón./ Quién fuera así también y pudiera decir/ como la niña aquella, no me llama ilusión/ dinero ni placer, solo quiero vivir si bello el mundo es,/ en este bacanal la virtud es un mal,/ el oro es amo y rey, y no hay poder igual/ que lo pueda enfrentar/ ni menos humillar ostentando honradez,/ tan rara es la virtud que al mundo mercader/ se le hace duro creer que la pobre mujer/ pueda ostentar su faz libre de delación/ del vicio y la maldad.

Esta canción constituye una visión intuitiva de la clase obrera, no es producto de un concepto claro.  La mujer trabajadora que en su casa tiene una máquina y hace labores de costura, a quien años atrás se le denominaba costurera, para Pinglo es una obrera. Y su defensa frente a la explotación no está ubicada en relación  de carácter de clase: burguesía – proletariado, sino en la conservación de una virtud: la honradez; que quieren destruir las personas que poseen oro, como sinónimo del dinero, del capital.

Su visión, influenciada por el medio en que se desarrolló y vivió, está más cerca de los artesanos que del proletariado. Una máquina Singer  vale como un millón depositado en un banco; y en una sociedad donde todo se compra, se vende y triunfa el vicio y la maldad, no podrá vencer los muros que rodean a una buena familia con fuertes cimientos morales y una máquina de coser de buena marca para  ganarse la vida. Aquí, pues, estamos ante  una visión de una sociedad semiurbana tratando de convertirse en ciudad, donde reinaba, según el historiador Jorge Basadre, la República Aristocrática.

Nuestro autor fue un atento testigo del mundo social de su época, adhiriendo a una visión de los pobres, de los explotados. Por ello, muchas de sus canciones fueron prohibidas en su época. Algunos de sus títulos, además de los expuestos, nos dan una idea de sus ideales políticos sociales: El canillita, La oración del labriego, Mendicidad, entre otros.

La canción más popular de Felipe Pinglo, El plebeyo, es el paradigma de la música popular costeña. En ella percibimos la realidad social limeña, cuando todavía no se había producido el aluvión poblacional producto de la migración serrana, lo cual creó las condiciones sociales para el arrinconamiento del valse peruano, al no poderse adaptar a la misma. Transcribimos la letra completa de esta melodía, que muy pocos intérpretes la cantan, y  que hasta hoy hace vibrar nuestra alma popular:

La noche cubre ya con su negro crespón/ de la ciudad las calles que cruza la gente/ con pausada acción / la luz artificial con débil proyección/ propicia la penumbra que esconde en su sombra venganza y traición. / Después de laborar, vuelve a su humilde hogar/ Luis Enrique el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar/ y que sufriendo está esta infamante ley/ de amar a una aristócrata siendo plebeyo él. / Coro: Trémulo de emoción, dice así en su canción,/ el amor siendo humano, tiene algo de divino/ amar no es un delito porque hasta Dios amó/ y si el cariño es puro y el deseo es sincero/ ¿por qué robarnos quieren la fe del corazón?/ Mi sangre aunque plebeya, también tiñe de rojo/ el alma en que se anida mi incomparable amor/ ella de noble cuna y yo humilde plebeyo/ no es distinta la sangre ni es otro el corazón/ ¡Señor por qué los seres no son de igual valor!/ II – Así en duelo mortal abolengo y pasión/ en silenciosa lucha condenarnos suelen a grande dolor/ al ver que un querer porque plebeyo es/ delinque si pretende la enguantada mano de fina mujer. / El corazón que ve destruido su ideal/ reacciona y se refleja en franca rebeldía/ que cambia su humilde faz/ el plebeyo de ayer es el rebelde de hoy/ que por doquier pregona la igualdad en el amor./ Repetir coro.