Por: Manuel Guerra

El proceso de elecciones generales que tendrá su desenlace en pocos meses lleva el sello de una frustrada reforma electoral que se suponía debería democratizar el sistema político peruano. Tal sistema continúa siendo excluyente y antidemocrático; expresa las correlaciones de clase existentes, las pugnas y enfrentamientos entre el Parlamento y el Ejecutivo, la acción de sectores corruptos enquistados en la política, el manejo autoritario de quienes temen perder sus privilegios y tratan de impedir el protagonismo de la izquierda y el movimiento popular. Todo ello en el escenario creado por la profunda crisis del modelo neoliberal, agravada hoy por la pandemia del COVID-19.

Esta situación —lo hemos dicho y lo reiteramos—, nos brinda una extraordinaria oportunidad para abrir un nuevo rumbo a nuestra patria, y exige, por parte de las fuerzas del cambio, madurez, responsabilidad, amplitud de miras, grandeza para asumir la política, colocando en todo momento por delante los intereses del país y las grandes mayorías. No existe otra manera de forjar y galvanizar la más amplia unidad política, social y cultural que haga posible cerrar un capitulo de nuestra historia y abrir uno nuevo, distinto, superior.

Mas nunca faltarán los que prefieren la política menuda, los que son incapaces de levantar la vista de su ombligo, y que actúan en el seno del campo popular como la sarna de la que hablaba Lenin, refiriéndose a aquellos que, incapaces de comprender la dinámica de los grandes acontecimientos y actuar en consonancia con ello, optan la chilla disonante y corrosiva.

Al llamamiento unitario realizado por JP y Nuevo Perú, el Frente Amplio de Marco Arana y Perú Libre de Vladimir Cerrón, han respondido negativamente, pretendiendo ocultar su sectarismo con ropaje principista, ético, programático, dando la espalda no a las organizaciones que realizan el llamado, sino a la expectativa de millones de peruanos y peruanas que aspiran a un cambio verdadero y esperan una actuación consecuente de quienes actúan en su nombre y se reclaman sus representantes.

Siendo esto criticable, están en su derecho de optar por el camino que consideren conveniente, a fin de cuentas los sectores populares sabrán identificar quienes sintonizan realmente con sus intereses. Lo que llama la atención, en el caso de Vladimir Cerrón, es lo deleznable y pérfido de su conducta, la facilidad con que se mueve en el fango, la manera cómo su radicalismo verbal comulga con la degradación de la política, hechura de las clases dominantes.

Generalmente el desmesurado ego va en inversa proporción con lo que realmente vale el individuo. Y el enorme ego de Cerrón, después de minimizar despectivamente a las otras organizaciones de la izquierda, después de calificar de banquera y socialdemócrata a Verónika Mendoza y echar barro a Patria Roja, lo lleva a confesar su verdadero objetivo de lanzar en la plancha presidencial de Perú Libre, nada menos que a Pedro Castillo, contumaz divisionista en el seno del magisterio: “crear un enorme forado en Juntos por el Perú”. Se refiere, claro está, a las elecciones de abril 2021. Ya no se trata de derrotar a la derecha neoliberal, ni de abrir un nuevo rumbo al país, sino de impedir que JP-NP al frente de una coalición política y social pueda levantarse como alternativa para ese vasto sector que quiere cambios. El enano que se desespera por el crecimiento de otros.

Las preguntas saltan a la vista: ¿Qué hacía entonces Vladimir Cerrón con Verónica Mendoza en los encuentros denominados Voces del Cambio, en Huancayo y Cusco? ¿Es que acaso se olvidó que junto a Verónika y Patria Roja firmó trascendentes documentos unitarios? ¿Acaso en ese momento no vetó, alegando corrupción y al Baguazo, la presencia del ahora su aliado Yehude Simon? ¿Qué se proponía Cerrón al sentarse durante varios meses con Patria Roja y otras organizaciones de izquierda para hablar de la unidad? ¿Qué se le dio por acercarse a JP para proponerle una alianza electoral con miras a las elecciones parlamentarias de febrero pasado?

Cara a cara Cerrón nunca tuvo el valor de decir lo que ahora dice temerariamente para ganar titulares en la prensa derechista. Tal vez esto le da satisfacción, tal vez su ego necesita de esta clase de alimento.