MENSAJE DEL COMITÉ CENTRAL CON OCASIÓN DEL NONAGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL PARTIDO COMUNISTA

Por: Alberto Moreno Rojas

Estimados camaradas y amigos:

Permítanme agradecer vuestra presencia en este acto partidario. Nos sentimos honrados con su asistencia, que nos alienta y compromete.

Un saludo especial a los militantes del partido, a quienes dedican lo mejor de sus esfuerzos para que sigamos presentes en esta batalla hermosa por un mundo mejor, por una patria mejor para todos los peruanos.

Aspiramos a que éste sea un acto de reafirmación en nuestros ideales que son intransferibles, de reflexión sobre lo realizado y las tareas que nos aguardan, de compromiso militante con los trabajadores y de servicio al pueblo peruano.

Arribamos a los 90 años de vida del Partido de los comunistas peruanos, el partido de los trabajadores, de la dignidad, del patriotismo y el socialismo, en la cúspide de la ofensiva de las fuerzas más retardatarias del capital y el imperialismo empeñados en desaparecernos del mapa político, ideológico y cultural.

Si grandes son los retos y amenazas a enfrentar; es también excepcional la oportunidad que se nos abre para recuperar el terreno perdido, tomar la iniciativa y pasar a la ofensiva táctica desde la opción del cambio al proyecto neoliberal.

Una severa crisis política y moral sacude al Estado y sus instituciones, la corrupción y la impunidad puestas de manifiesto en toda su crudeza, el choque de poderes que el referéndum convocado para diciembre próximo atenuará pero no dará solución. Cambio de rumbo o continuismo, es el quid del problema.

Sin embargo, necesitamos tener una mirada más amplia para entender mejor la dimensión de los retos que enfrentamos y la responsabilidad que nos corresponde en nuestra condición de partido político comprometido con el cambio social.

El panorama mundial, latinoamericano y nacional muestra un escenario marcado por contradicciones, tensiones y reordenamiento de diverso orden y de consecuencias imprevisibles.

El retorno a una nueva confrontación, en nuevas condiciones pero con mucho parecido a la pasada Guerra fría, se abre paso empujado por el afán de sostener la hegemonía global del imperio norteamericano en decadencia, poniendo en riesgo incluso la paz mundial.  Lo que parecía estable, no  lo es. Reglas que se creían aceptadas en el ordenamiento internacional, han dejado de estarlo. Corrientes derechistas y fascistas se abren paso en Europa y América.

La guerra comercial impuesta por el gobierno de Estados Unidos para detener a China y neutralizar su influencia internacional, el entusiasmo por el incremento de su poderío militar, el abandono de los acuerdos ambientales de Paris y de diversos organismos de las Naciones Unidas, son una clara demostración de su declive y de su oposición a la marcha a un mundo multipolar, que no acepta.  El presidente de Estados Unidos, en reciente discurso en la ONU ha tenido el desparpajo de arroparse de “patriotismo” y condenar “la interferencia  de naciones extranjeras expansionistas  en este hemisferio”, siendo como es el imperio más agresivo, expansionista y guerrerista.

La otrora poderosa Europa ha ingresado en una etapa de agotamiento que la Comisión Europea reconoce en el Libro Blanco de marzo de 2017: “La posición de Europa en el mundo se está debilitando”. El futuro de la Unión Europea carece de la confianza de sus primeros años. El resurgimiento de corrientes fascistas y chauvinistas amenazan acabar con los restos del estado social que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial  y que el neoliberalismo no había logrado eliminar del todo.

Asistimos a un período de reordenamiento de fuerzas a escala global. El eje de la economía mundial se traslada al Pacífico. Se eleva el peso de los países en desarrollo en todos los escenarios. Se agrava la amenaza ambiental. Todo ello en medio de tensiones, guerras, concentración de la riqueza, vastos territorios dominados por la pobreza y el atraso, de cambios tecnológicos inimaginables medio siglo atrás, polarizando aún más las sociedades.

América Latina tampoco está quieta. Después de dos décadas de la presencia de gobiernos de izquierda y progresistas, que acompañaron a Cuba Socialista en la tarea de abrir un nuevo escenario de independencia, desarrollo, justicia social y progreso en la región, de pasos fundamentales en la batalla estratégica por la integración de América Latina y el Caribe, asistimos a una contraofensiva de la derecha y el imperialismo y a retrocesos y reveses en el campo progresista y de izquierda. El balance de esta experiencia, en sus grandes logros y en sus limitaciones y errores, está por hacerse.

La amenaza fascista que se cierne en Brasil representa una severa advertencia de los vientos perversos que agitan las fuerzas oscuras y retardatarias. Se confirma, una vez más, que los sectores más reaccionarios temerosos de las potencialidades de las fuerzas que pugnan por la transformación de nuestras sociedades, están dispuestas a recurrir a los medios más infames para preservar sus intereses y apagar el fuego de la rebeldía y la lucha de los pueblos por la justicia social.

Todo proceso transformador debe enfrentar obstáculos enormes, retos inmensos y amenazas serias de parte de quienes tratan de impedir los cambios que nuestras sociedades y pueblos reclaman. La creencia de que los éxitos electorales nos abren, automáticamente y sin resistencia, las puertas para llevar a cabo los cambios prometidos, es un mito. Es la lucha y la correlación de fuerzas internas y externas construida las que al final decide el resultado. La construcción de un nuevo orden, en palabras señeras del Amauta, exige como condición indispensable “la capacitación espiritual e intelectual” de los trabajadores, la apropiación de ese proceso histórico por el pueblo empeñado en esa tarea,

No nos encontramos al final de un período, como muchos creen. Somos parte de un proceso histórico no terminado que tiene avances y retrocesos, victorias y reveses, dependiendo de la correlación de fuerzas internas y externas, del grado de involucramiento de las mayorías nacionales, de la consistencia, madurez y capacidad de la vanguardia. Una cosa es acceder al gobierno; otra, distinta, conquistar el Poder. Una cosa es ganar elecciones; otra, más compleja y heroica, gobernar y hacerlo bien y con visión estratégica. Creer que el imperio y sus paniaguados aceptarán pasivamente su derrota, sería ingenuo y torpe. Extraen lecciones de sus errores, perfeccionan sus métodos, redefinen sus planes, sacan ventaja de los errores del adversario. Pero no todas las cartas están de su lado ni sus ventajas son absolutas. Al final, la necesidad histórica será siempre más fuerte que sus ambiciones. La Argentina de hoy es un claro ejemplo de ello.

Lo que está claro es que América Latina y el Caribe no saldrán del subdesarrollo mientras el imperio norteamericano tienda sus garras en la región. El “patriotismo” de Trump funciona de sus fronteras hacia adentro; hacia afuera sigue vigente la vieja  doctrina Monroe de “América para los americanos”.

Estimados camaradas y amigos:

El escenario nacional se nos presenta igualmente complejo, cargado de tensiones, desorden, errático, donde lo único sólido es la inestabilidad, la corrupción, la impunidad. El crecimiento limitado de la economía es lo que permite una cierta sensación de estabilidad. Pero la crisis no es nueva en su origen ni de pronta ni fácil solución. En el trasfondo tenemos una crisis estructural que viene de muy atrás. Sobre ella se levanta la crisis política, moral y social que hoy padecemos, con toda su  secuela tragicómica. La fuga reciente del Sr. Hinostroza, o la detención y luego liberación de la Sra. Fujimori, o la ley aprobada con nombre propio para impedir el retorno del Sr. Fujimori padre a la cárcel, muestra el alto grado de deterioro de las instituciones del Estado.

La crisis  que desembocó en la destitución del presidente Kuczynski y su sustitución por el presidente Vizcarra, no ha significado el   término a ese ciclo. Como lo expresamos en pronunciamiento público, la atenuaba sin resolver sus causas profundas. Decíamos entonces: “El temporal ha amainado, pero las aguas siguen revueltas”. Los hechos nos están dando la razón.

En su discurso de investidura el presidente  Vizcarra anunció una nueva “etapa de refundación institucional del país” y de lucha frontal “contra la corrupción”, caiga quien caiga. Pocos meses después se desata la crisis de los audios en el Poder Judicial y sus efectos se extienden poniendo en evidencia, una vez más, la descomposición del Estado mínimo que dio origen la Constitución fujimorista de 1993, desatando el conflicto de intereses y el descrédito de los poderes del Estado, el desprestigio  de los partidos políticos y de la política en el imaginario de la población. Con ello se abren las válvulas para  el desborde de la indignación ciudadana que exige cambio de rumbo, nuevas elecciones legislativas, convocatoria a una Constituyente que vote una nueva Carta Magna.

El telón de fondo que no se quiere ver,  es la descomposición del “orden” que se impuso en la década de los noventa del siglo pasado, de signo neoliberal y de rostro fujimorista, que continúa hasta el presente, consagrado en la Constitución espuria de 1993.  Y en sus orígenes, aún más atrás: desde la fundación misma de la República que nació excluyendo a la inmensa mayoría indígena y negra.

No está demás reiterar  palabras del historiador Pablo Macera en su ensayo Los proyectos nacionales en el Perú: “El déficit histórico de la República comenzó en el propio momento de su fundación: cuando pasados apenas unos años (o quizá semanas) de la Batalla de Ayacucho, los indios y negros del  Perú tuvieron evidencia que nada había cambiado para ellos”. Para Jorge Basadre, la República sigue siendo una “promesa incumplida” que requiere “una radical renovación, moralización y reformas sociales”. José Carlos Mariátegui, cuya filiación socialista es incuestionable, examinando el Perú de su tiempo arribó a la misma conclusión: el “Perú es una nación en formación”, es decir una nación no realizada a pesar de un “formal capitalismo ya establecido”.

Doce constituciones, tres de ellas aprobadas en el siglo pasado, señalan  una sociedad errática, dominada por una minoría apoyada en el poder económico, mediático o militar. La historia de los últimos 30 años reitera esa vieja trayectoria. La Constitución de 1993 y el modelo de sociedad que moldeó están agotados. Sobre esa base el Perú del siglo XXI está condenado a reproducir su atraso y decadencia. El sólo espectáculo de la saga de los Fujimori en el centro del escenario político hasta el presente, o de la cadena de presidentes hundidos en corrupción (con la excepción de Paniagua), indica que las causas de la crisis son profundas, y que de ellas no saldremos sino a través de cambios de fondo y en todos los órdenes.

La corrupción está presente en el Perú desde el mismo instante de la Independencia y atraviesa los dos siglos de vida republicana. El Decreto de Bolívar sancionando con la pena de muerte a quienes se apropiaran de más de diez pesos del erario nacional dice mucho de esta historia. Que se aprueben leyes con nombre propio o que se proteja al Fiscal de la Nación por razones políticas, dice mucho de la descomposición que atraviesa las instituciones del Estado.  Si a ello sumamos el narco poder y las mafias en ascenso, cada vez más influyentes en el escenario político, la situación no puede ser más peligrosa. Este es el Perú de hoy. No nos engañemos.

El modelo de economía, de Estado, el ordenamiento social y cultural construido siguiendo el mandato  del Consenso de Washington con la instalación del gobierno de Alberto Fujimori, ha llegado a su límite. También la Constitución de 1993 que se plasmó con ese propósito. Es la república neoliberal que preserva los vicios, degradaciones y privilegios que vienen desde sus orígenes, incapaz siquiera de dar paso a una república burguesa desarrollada, moderna, democrática, integrada, de ciudadanos.

El deterioro de los partidos políticos es un signo de los tiempos. Han devenido rótulos, “vientres de alquiler”, maquinarias electorales de caudillos sin más horizonte que sus ambiciones personales. Programa, ideología, organización, identidad, responsabilidad y disciplina, han dejado de tener significado. 21 partidos políticos con inscripción nacional y 90 con inscripción regional, que llevan esa marca, son el símbolo de la anarquía, de la ausencia de rumbo, de la lotería electoral.

No es una casualidad que la convocatoria a Referéndum por iniciativa del gobierno haya neutralizado, con relativa facilidad, el malestar  ciudadano que exigía, con fuerza creciente, cierre del Congreso y convocatoria a nuevas  elecciones adelantadas; pero, sobre todo, una nueva Constitución para una nueva república.

La consigna una Nueva Constitución para una nueva República sintetiza la voluntad de cambio, en correspondencia con los tiempos actuales. Lo que hay que discutir no es tanto su necesidad, sino su contenido y el proyecto que señale su rumbo. Democracia, soberanía, ética y moral, desarrollo, integración, estado, economía, educación, salud, derechos fundamentales, seguridad, transparencia, derechos étnicos, mercado, etc. son conceptos fundamentales que necesitan  ser dilucidados y revaluados a la luz de los hechos.

Estimados camaradas y amigos:

El Bicentenario de la República no debe significar un nuevo saludo a la bandera, un cambio de gobierno para que todo siga igual. Hay necesidad de producir una renovación de fondo, que implica, de nuestra parte, estar en condiciones de  impulsar un gran debate nacional. Lo que el Perú necesita es un cambio de rumbo, una manera distinta de entender su presente y futuro, la determinación de abrir nuevos caminos para colocarse a la altura de los grandes retos del siglo XXI.

Una izquierda satisfecha de moverse al ritmo que le marca una derecha política, social y económica que ha envilecido la política, destruido la moral pública, enajenado la dignidad humana, convertido en mercancía todo cuanto toca, degradado la soberanía, deja de ser izquierda aun  cuando se encubra detrás de un discurso aparentemente radical.

Los comunistas peruanos, desde nuestros orígenes, tenemos claramente definida la visión de la sociedad que aspiramos construir: el socialismo como alternativa al capitalismo, sistema económico y social que muestra claros síntomas de agotamiento.

Sin perder de vista el socialismo como proyecto histórico y única alternativa posible al capitalismo, estamos obligados a entender también las condiciones concretas del país, de la correlación de fuerzas y de la lucha, y ajustar a ella la táctica. Y lo concreto que enfrentamos hoy, que hay que derrotar sumando las fuerzas más amplias posible, es el proyecto neoliberal con todo lo que significa y representa. Cambio o continuismo: es la línea divisoria que separa las fuerzas en contienda, cuyo núcleo, en nuestra opinión, es la lucha por una nueva Constitución para una un nueva República.

Una batalla de esta dimensión nos obliga a repensar el Perú como totalidad, como proyecto integral, como capacidad de realizar la “promesa peruana” que reclama Basadre. Obliga, también, a construir la correlación de fuerzas suficientes que lo permita, a asumir como tarea  “la capacitación espiritual e intelectual” de los trabajadores y el pueblo en sus diversos componentes. Es decir, recuperar la dimensión transformadora de la política ahora asfixiada por el pragmatismo vulgar, por su mercantilización, que lleva a la renuncia a todo ideal y a todo sueño grande que la dignifique. “La política –decía Mariátegui-  “se ennoblece,  se dignifica, se eleva cuando es revolucionaria”, ajena a todo forma de caudillismo o utilitarismo. Es así cómo debemos entenderla y asumirla, con dignidad y coraje de cara al pueblo.

Apostamos a la unidad no sólo de las estructuras de izquierda y popular existentes, hoy bastante debilitadas, sino también valorar y orientarnos a ese vasto contingente de mujeres y hombres sin pertenencia partidista, hastiados de una situación que repugnan, que sueñan con un presente y futuro digno y mejor para ellos y para sus hijos. Toda cerrazón será siempre funesta.

Ese Perú nuevo es posible. Que las pequeñas apetencias, que la desconfianza o la pérdida de fe en las posibilidades de su realización,  no lo impidan ni lo echen a perder.

Construir una izquierda y un movimiento popular e intelectual en torno de un proyecto común, es indispensable. Separados podemos alcanzar algunas cotas, pero no garantizar una victoria política nacional, menos una gestión de gobierno exitosa y duradera. Una izquierda poseedora de una cultura política renovada, de una tradición y estilo propios que  nos diferencie con nitidez de la trayectoria conocida de la derecha peruana, es una tarea que hay que empezarla ya.

Participamos activamente del proyecto unitario que es Juntos  por el Perú. Se ha requerido de cierto tiempo y mucho esfuerzo alcanzar la confianza interna que todo proceso unitario necesita. Se puede avanzar más y más rápido. Nos comprometemos a realizar los esfuerzos que sean necesarios para lograrlo. La reciente experiencia electoral no ha permitido alcanzar  los frutos esperados. Participamos tardíamente y con dificultades. Debemos admitir que los resultados no han sido los esperados. Representa un revés importante pero es superable si sabemos extraer las lecciones del caso, corregir los errores y deficiencias, desplegar las potencialidades disponibles,  abrirnos a nuevos contingentes que compartan el mismo propósito. El problema no es que estén ausentes las condiciones para un desarrollo sano, oportuno y acelerado. Existen y están allí para aprovecharlas. Lo que falta es un mayor protagonismo  político, mayor cercanía al pueblo, menos discurso y más acción, más confianza en el proyecto y entre las organizaciones y personas que lo integran.

Pero la búsqueda de la unidad va mucho más allá. Juntos por el Perú fortalecido, activo y con iniciativa política, debe encontrarse en mejores condiciones de contribuir a ese esfuerzo unitario más amplio.

Queridos camaradas:

Tenemos a la vista el Congreso del Partido. Dependerá de todos nosotros que sea un evento de unidad, que examine críticamente la experiencia vivida después del VIII Congreso, que apruebe las mejores decisiones para hacerlo grande e influyente.

No nos encontramos en el mejor momento de su existencia. Los problemas que enfrentamos son muchos. Por esa razón es correcta la decisión de “cerrar un ciclo y abrir otro” que nos encamine, paso a paso, a su construcción como partido revolucionario de masas con una firme columna de cuadros de alta calificación y capacidad de conducción, abierto a la acción política, con sólido soporte teórico marxista y estructura  organizada y disciplinada, con liderazgo político, ideológico y cultural.

Es verdad que en el camino hemos cometido errores o padecido de limitaciones que han impedido que el socialismo peruano echara raíces profundas y duraderas en el seno de los trabajadores y el pueblo en general. Desoyendo el llamado de Mariátegui de entenderlo como “creación heroica”, como capacidad de actuar en exacta correspondencia con la “realidad”,  de no “petrificarse” en el momento, incurrimos en dogmatismo y seguidismo ciego de experiencias externas, o bien cedimos a la presión del movimiento espontáneo perdiendo de vista el rumbo estratégico. El costo pagado ha sido demasiado caro para olvidarlo. 90 años de historia nos señala virtudes, y muchas, también desvíos que explican por qué no somos aún el partido comunista que soñó el Amauta. Partido influyente y conductor que podemos serlo si nos empeñamos con responsabilidad, coraje y pasión en ese propósito.

Nuestra filiación marxista es inmodificable. Pero el marxismo “no es un dogma sino una guía para la acción”, que hay que dar vida, en palabras de Mariátegui,   “con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje”.

Tenemos que construir un partido más fuertemente vinculado con los trabajadores, con la juventud, con la mujer, con la intelectualidad, con las comunidades étnicas y los pequeños empresarios. Un partido que hace de la unidad por el Nuevo Curso hoy, mañana por el socialismo, un compromiso indeclinable.

Entendemos que en sectores de izquierda, respecto de nuestro partido, existen sentimientos de desconfianza. Y en algunos otros caso, como es el senderismo, vean en nosotros sus enemigos fundamentales mientras se sienten cómodos con el fujimorismo. Es su problema. Nos interesa los primeros.  Respetamos las opiniones de cada cual y estamos dispuestos a acoger sus críticas si estas tienen fundamento. Lo único que podemos decirles a quienes piensan así es que la voluntad de unidad y la determinación de marchar siempre adelante, es un compromiso  serio de nuestra parte. Lo único que pedimos, y nos comprometemos a asumirlo con responsabilidad, es superar prejuicios acumulados en el tiempo, respetarnos mutuamente aún en la discrepancia, no confundir dónde están los amigos y  dónde los enemigos.

La campaña de Reordenamiento partidario en la que estamos empeñados tiene sentido y es una decisión impostergable. Asumámosla con firmeza, con determinación, con honestidad. Las tareas para el período pre-congresal y para después de éste, señaladas en la resolución del Buró Político, deben ser estudiadas y asumidas con seriedad y  responsabilidad.

Desde aquí nuestro saludo a los camaradas de la Juventud Comunista, los continuadores de la causa revolucionaria iniciada por José Carlos Mariátegui. Entendemos los grandes esfuerzos que hacen para fortalecer la columna de militantes de la Juventud Comunista del Perú-Patria Roja, por capacitarse como cuadros y líderes juveniles. La campaña por el estudio de sus documentos fundamentales tiene una gran importancia, pues sin unidad ideológica y política no tendrán cohesión organizativa. No es fácil recuperar la confianza de los jóvenes en la política de izquierda y socialista, ni su incorporación en la actividad política. Estamos convencidos que esta batalla la ganarán, que harán grande y unida la JC, que serán fieles al legado del Amauta y a nuestras raíces marxistas,  que levantarán en alto su ejemplo y su temple de intelectual revolucionario y comunista.

Reconstruir, renovar o fortalecer las organizaciones sindicales,  campesinas, en especial las rondas campesinas, estudiantiles, barriales, de género, profesionales, los frentes de defensa, las comunidades étnicas, es una tarea de primer orden a la que debemos prestar más atención. Atender, sobre todo, la cualificación de sus cuadros, el perfeccionamiento y actualización del arte de conducción de sus direcciones, el conocimiento de sus realidades, la defensa indesmayable de los derechos de los trabajadores. Necesitamos contar con una CGTP poderosa, unificada y democratizada, con una Coordinadora Nacional con capacidad de centralización de las luchas nacionales, con sindicatos del sector estatal más articulados. Nuestra solidaridad permanente con la lucha de los trabajadores del campo y la ciudad, con todos los sectores populares, con los pueblos indígenas.

Sólo una gran causa puede engendrar un gran ideal, una gran pasión, una acción heroica. Nuestra causa es grande, profundamente humana, enraizada en los valores más elevados creados por la civilización, en cuyo centro debe estar siempre el pueblo a quien nos debemos y su relación armoniosa con la naturaleza. ¡Nos sentimos orgullosos de ser comunistas, herederos del Amauta José Carlos Mariátegui! ¡Que este nonagésimo Aniversario signifique el compromiso de ser mejores, de superar con decisión los puntos débiles, de avanzar en la construcción de un Partido a la altura de los retos que nos coloca el siglo XXI, de renovarnos siempre sin renunciar a nuestras raíces!

 

¡VIVA EL PARTIDO COMUNISTA DEL PERÚ – PATRIA ROJA!

¡PERSISTAMOS EN EL CAMINO LEGADO POR JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI!

¡NUEVA CONSTITUCIÓN PARA UNA NUEVA REPÚBLICA!

¡VIVA EL SOCIALISMO!

 

Lima, octubre de 2018.