La Revolución Rusa: entre la nostalgia del pasado y la afirmación del futuro

Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños.De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía.

Lenin

Por Francisco Guerra

Las grandes luchas sociales en la historia de la humanidad han tenido y seguirán teniendo como inspiración la construcción de sociedades más igualitarias. Una de estas grandes gestas, sin lugar a dudas, fue la Revolución Rusa de 1917; un hecho que, como diría John Reed, conmocionó al mundo. Después de la Revolución Rusa, el mundo ya no fue el mismo: hay un antes y un después. La impronta de ese lejano Octubre nos llega hasta nuestros días y lo recordamos no solo como un excepcional hecho histórico, sino como un legado, un mito que sirvió para construir nuestra identidad izquierdista.

A 100 años de la Revolución Rusa se ensayan diferentes miradas y reflexiones desde todos los puntos del orbe, sea para denostar este acontecimiento, o para sacralizarlo, o desde una perspectiva crítica- constructiva. El legado más importante que se reconoce de manera objetiva es que nos mostró la posibilidad concreta de que los sectores populares pueden ser dueños de su propio destino, de lograr grandes avances y bienestar para las mayorías, fue el primer triunfo del trabajo sobre el capital, y la construcción de un sistema social y económico alternativo al capitalismo.

Sin embargo, sin dejar de desconocer los logros y éxitos en diferentes campos del saber y del papel jugado en la contención del fascismo en Europa, se hace prioritario poner de relieve los errores que llevaron a su fracaso: el culto a la personalidad, el estancamiento de la teoría marxista en aras de un dogmatismo oficial, el remplazo de la auténtica participación popular de los Soviets por una oficiosa burocracia partidaria y que terminó de confundir y mezclar la relación entre el Estado y el partido. Tengo la impresión que sobre estos hechos de la derrota no hemos reflexionado lo suficiente en nuestro país y, sobre todo, nos falta reconocer de qué manera se expresaron y se expresan en nuestras prácticas políticas de la izquierda, es decir en nuestra cultura política, y, al no hacerlo, perdemos la oportunidad de no anquilosarnos y seguir avanzando.

Después de la caída de la URSS los imperialistas celebraron jubilosos y decretaron el “fin de la Historia” y la “desaparición del comunismo”, e iniciaron el reinado del individualismo y el consumismo disfrazado de una supuesta “libertad”. Con la aplicación del neoliberalismo esta prédica se ha elevado a niveles de fanatismo, donde el ejercicio de la libertad ha generado distorsiones nunca antes vistas. Y es que en una sociedad globalizada con grandes diferencias socio-económicas y culturales el ejercicio de la libertad es atribución solo de una minoría; y la mayoría, o bien vive una ilusión, casi virtual, promovida por las grandes corporaciones y sus modernísimas maquinarias de publicidad, o bien esa “libertad” se vive de manera brutal, cotidiana, con la pobreza y la exclusión a cuestas. En ambos casos conlleva a una completa enajenación del individuo. Este capitalismo salvaje no repara en nada, no tiene valores, ni miramiento alguno acerca de la vida de las personas.

Algunos datos para ilustrar este macabro júbilo del neoliberalismo. Según informe de OXFAM (Organización no gubernamentales independiente, cuyo objetivo es trabajar para lograr un mayor impacto en la lucha internacional por reducir la pobreza y la injusticia) de enero del 2017 (Una economía para el 99%), precisa que 8 personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, equivalente a 3,600 millones de personas, la mayoría de ellos mujeres. Los más ricos acumulan cada vez más riqueza y podría dar lugar al primer “billonario” del mundo en tan solo 25 años. Con tal súper concentración de riqueza, esta persona necesitaría derrochar un millón de dólares al día durante 2.738 años para gastar toda su fortuna. Así mismo, señala de qué manera las grandes corporaciones consiguen evadir el pago de impuestos, devalúan los salarios de sus trabajadores y los precios que se pagan a los productores, con el único fin de maximizar los beneficios que van a parar a sus adinerados accionistas.

Resulta evidente que a 100 años de la Revolución Rusa la urgencia del cambio sigue vigente y el reto más importante de las izquierdas en el mundo actual  es reconstruir el mito del socialismo como alternativa al capitalismo neoliberal, pero esta reconstrucción exige voluntad y apertura en asuntos importantes. En primer lugar, el enriquecimiento de nuestro ideario mediante una lectura actualizada del marxismo y la incorporación crítica de los aportes de las diferentes ciencias sociales que nos permita una comprensión más integral a esta complejidad de la realidad mundial actual. En segundo lugar, tener un planteo claro sobre la  democratización del poder y la sociedad, así como el equilibrio necesario entre lo comunitario y lo individual. Finalmente, un aspecto crucial es poder definir las características del modelo económico y de gestión que vaya superando en la práctica al capitalismo.

Es necesario tener la certeza que después de una derrota se hace más difícil remontar la cuesta, por ello,  nuestra opción debe enfocarse en hacer del socialismo una propuesta creíble, que encare la solución de los problemas concretos que agobian a la humanidad en el presente, superando los errores del pasado. En ese arduo caminar, la Revolución Rusa siempre será un referente de primer orden.