Por: Manuel Guerra

El proceso electoral del 2021, por llevarse a cabo en medio de una crisis profunda que afecta los cimientos del modelo neoliberal y del propio sistema capitalista, y por su coincidencia con el bicentenario de fundada la república, tiene una relevancia especial, pero de ningún modo va a significar que sus resultados definan el desenlace de las tensiones que se han acumulado en el periodo, o que conduzcan a una ruptura histórica de largas consecuencias.

Lo hemos señalado en el IX Congreso Nacional de nuestro Partido, realizado en agosto del año pasado, y en diversos documentos posteriores: Las causas profundas de la crisis, las tendencias y tensiones que provoca, los reacomodos y realineamientos sociales y políticos que pone en marcha, no van a resolverse en el corto plazo; sus efectos seguirán manifestándose a lo largo de la próxima década, configurando un escenario de turbulencias, inestabilidad política, estallidos sociales y encono de la lucha de clases. La pandemia no hace sino acelerar y agudizar este proceso que los sectores de izquierda deberían tener la capacidad de avizorar y prepararse para salir airosos de él.

Ciertamente que la crisis actual, junto a sus efectos devastadores y destructivos, coloca una oportunidad que bien podría ser aprovechada por la izquierda, a la cabeza de los sectores antineoliberales, en los comicios del próximo año; pero en política, sobre todo cuando se trata de llevar a cabo cambios profundos que inevitablemente van a afectar a los sectores dominantes, las cosas se resuelven por la correlación de fuerzas que se logre construir. Quien tiene la correlación de fuerzas a su favor impone la dinámica, el camino, el desenlace. No es suficiente tener las ideas correctas, el mejor programa, las buenas intenciones, la mejor candidatura; ni siquiera es suficiente ganar una elección. Se necesita, además, contar con las fuerzas capaces de vencer la enorme resistencia de los que pretenden mantener el statu quo. El problema en el presente es que no existe señal alguna que indique que construir esta correlación de fuerzas sea la preocupación central de la gran mayoría de organizaciones que conforman el abanico de la izquierda.

Lo que domina, en términos políticos, es el coyunturalismo, la fragmentación, la defensa de la parcela, la soberbia del caudillo, la desconfianza, la rivalidad y la disputa en lugar de la cooperación, la unidad y la apuesta por un gran proyecto. Por su parte, el movimiento popular aún no supera la debilidad de sus organizaciones y la dispersión de las luchas, los métodos burocráticos que separan a las dirigencias de las bases, la rutina que impide adaptarse a las nuevas condiciones. De este modo se le otorga una enorme ventaja a la derecha neoliberal que, a pesar de sus dificultades y flancos débiles expuestos por la pandemia, mantiene la iniciativa, prepara su escenario, posiciona sus candidatos, doblega al gobierno, refuerza su ofensiva contra la izquierda, se parapeta en defensa de la Constitución fujimorista.

Ganar la correlación de fuerzas tiene, por lo menos, tres aspectos que hay que tomar en cuenta. El principal de ellos, ganar la batalla cultural y de ideas, liberar la mente de los amplios sectores populares de la apatía, la indiferencia, el individualismo, el sentido común y valores con que el neoliberalismo los ha enajenado; convencerlos que otro Perú, con democracia, bienestar, trabajo, salud y educación para todos, es posible si nos unimos y luchamos por él. En el actual periodo el núcleo de esta batalla de ideas debe girar en torno al tema constitucional. La espuria Constitución fujimorista es la herramienta principal que legitima la barbarie neoliberal y ningún cambio verdadero podrá realizarse sin traérsela abajo y levantar una nueva Carta Magna, acorde con las necesidades de la nueva República.

El segundo aspecto tiene que ver con la forja de la más amplia unidad de la izquierda, el progresismo, los sectores democráticos y patrióticos, las diversas expresiones del movimiento popular del campo y la ciudad, teniendo como centro el proyecto de país a construir. Únicamente desde esta perspectiva es posible lograr niveles sólidos de unidad, superar la estrechez, el coyunturalismo, la visión corta con que se asume la política que conduce inexorablemente al espíritu de chacra y al sectarismo. Unidad que debería expresarse en los diversos ámbitos y que, en términos electorales, se debería concretar en la conformación de un solo frente, un solo programa, una sola candidatura elegida con métodos democráticos.

En tercer aspecto se refiere al protagonismo del movimiento social y popular, que pasa por reconstruir el tejido social, fortalecer los gremios y diversas formas de organización popular, tomar en cuenta a la gran masa de pequeños y micro empresarios y trabajadores que se mueven en la informalidad, a las etnias, adecuarse a los cambios que se están operado en la economía, el mundo del trabajo y las clases sociales como consecuencia de la revolución científica y tecnológica en curso. La centralización de las organizaciones populares, revitalizando la ANP y superando la visión y métodos sindicales con que se lo aborda actualmente, dotarle de una plataforma de lucha común, es lo que corresponde hacer como parte de la correlación de fuerzas que necesitamos ganar.

La tarea de construir la correlación de fuerzas que haga posible abrir un nuevo rumbo al país tiene envergadura histórica y debe comprometernos a todos los que nos reclamamos de izquierda, independientemente el lugar que ocupemos y la labor que desarrollemos. Naturalmente a los partidos y dirigentes nos compete una mayor responsabilidad, pero nadie debe ponerse al margen o limitarse a la opinión, al consejo o a la crítica. Una vanguardia intelectual es tal si actúa al estilo del Amauta, poniéndole sangre a las ideas, o, en consonancia a la sentencia del viejo Marx: de lo que se trata no es solo de interpretar al mundo, sino de transformarlo.