LA BATALLA POR LA MEMORIA

Por:  Manuel Guerra

Hay quienes, a partir de erradicar o modificar la memoria y los recuerdos, trabajan por modificar los hechos objetivos, los sucesos transcurridos, el pasado, la historia. No es poca cosa, ni tarea intrascendente si tenemos en cuenta la poderosa fuerza del pasado, su incidencia en los acontecimientos presentes y en la construcción del porvenir.

La batalla por la memoria histórica, a la que concurren historiadores, sociólogos, antropólogos, políticos, periodistas, educadores, filósofos, vencedores y vencidos, víctimas y victimarios, tiene un contenido de clase. Se desarrolla en los escenarios académicos y científicos, en las escuelas y universidades, en las iglesias y los cuarteles, en los mercados, en la música, la creación literaria, las diversas expresiones artísticas, en el cine y los medios de comunicación, en los centros de trabajo y los sindicatos, en las conversaciones callejeras, en las reflexiones solitarias, en nuestros sueños y en las pesadillas que nos desvelan.

Desmemoriar para implantar un relato ficticio y hacerlo pasar como verdad histórica indiscutible es un mecanismo recurrente al que han echado mano las clases dominantes para  manipular la mente de la gente, impedir la valoración objetiva de los hechos, cerrarle el paso al pensamiento crítico, la adquisición de conciencia, el surgimiento del sujeto histórico que cuestione y ponga en riesgo sus intereses. Se trata de modificar el pasado para domesticar el comportamiento humano, afirmar la hegemonía dominante, domeñar y manejar a su favor las tendencias presentes y futuras.

En el Perú, desde los tiempos de la cronistas que dieron cuenta de la conquista española, la historia está llena de esas falsificaciones, pero también del esfuerzo por mantener viva la memoria de los vencidos, lo que constituye parte de la resistencia cultural, elemento nuclear de la acción liberadora.

En el presente asistimos a un nuevo episodio de esta batalla, librada a raíz de la reconstrucción de los hechos de violencia protagonizados por Sendero Luminoso, el MRTA, y las fuerzas armadas, en los que a la brutalidad terrorista se respondió con la brutalidad de la guerra sucia, donde la mayor parte de las víctimas fueron humildes campesinos que no tenían nada que ver con el conflicto. Los matarifes de ambos bandos que incurrieron en prácticas sistemáticas de asesinato, genocidio, torturas y otras formas de crueldad para someter por el miedo a la población, pretenden hoy que nos dé amnesia colectiva y que nos traguemos luego el cuento que nos machacan una y otra vez, es decir que asumamos como verdadera la ficción que nos tienen preparada.

Quieren que nos olvidemos de las fosas comunes, de los hornos del Pentagonito, del infierno de Los Cabitos, de la masacre del Frontón, de Lucanamarca y María Elena Moyano, de los muertos de la Cantuta, de las comunidades campesinas arrasadas, de las esterilizaciones forzadas, de los periodistas ejecutados en Uchuraccay y otros lugares, de los huérfanos y desplazados, de Tarata, de los miles de desaparecidos, de los dirigentes populares acribillados, de los muertos insepultos.

Y que luego vayamos a comulgar y recibir la bendición de Luis Cipriani, que lo acompañemos en su flamígera cruzada en contra del aborto, que nos congratulemos con el hecho que individuos de la calaña de Hermoza Ríos y Edwin Donayre lleguen a ser generales del Ejército y hasta comandantes generales de las fuerzas armadas, que aplaudamos cuando Alberto Fujimori y Alan García ordenaron matar a los rendidos y luego pasearse entre sus cadáveres, que declaremos héroes a los villanos y cobardes, que nos solacemos con la gavilla de mediocres y delincuentes que dominan el Congreso, que nos sintamos satisfechos con las toneladas de basura que nos arrojan diariamente los medios de comunicación al servicio de estas buenas causas.

Debemos ganar esta batalla por la memoria, que nada tiene que ver con permanecer anclado en el pasado, ni con satisfacer revanchismos ni venganzas; se trata de buscar la verdad en los hechos, comprender las causas que los originaron, hacer justicia, aprender y sacar lecciones con la mira puesta en el país que queremos construir.

Y el país al que aspiramos, junto al desarrollo y el bienestar de sus habitantes, debe ser profundamente democrático, intolerable con la violación de derechos humanos, con la corrupción, la impunidad, la exclusión social, las diversas formas de discriminación.