Por: Manuel Guerra

Para la izquierda el presente proceso electoral representa una batalla no decisiva, pero sí importante en la medida que se lo ubique en el cuadro mayor de definición entre el cambio democrático y patriótico o el continuismo y profundización del modelo neoliberal.

Esta batalla se libra en un escenario caótico, marcado por la crisis del régimen político, que en el fondo no es sino la crisis del modelo neoliberal, de la sociedad, instituciones y valores construidos bajo su égida y consagrados en la espuria Constitución fujimorista que la derecha, en sus diversos matices, defiende a sangre y fuego. La crisis abre un proceso de agudización de la lucha de clases, cambios, realineamientos políticos, conflictos sociales, donde junto a los riesgos y amenazas están presentes oportunidades, grandes retos y desafíos a asumir.

No obstante que es evidente que el modelo, hoy en crisis, es la fuente de la gigantesca corrupción que sacude al país, el responsable del crecimiento de la delincuencia y el crimen organizado, del desempleo y sobreexplotación de los trabajadores, del saqueo de los recursos naturales, del abandono de la salud y la educación, de la prepotencia y abuso frente a los conflictos sociales, de la destrucción del aparato productivo y el estancamiento económico; la derecha neoliberal tiene la ventaja de haber logrado que en una mayoría de peruanos se haya instalado el apoliticismo o, peor aún, el rechazo a la política. Hasta hoy un grueso de la población no vislumbra que los grandes problemas del país se resolverán a través de la política, y que su descontento, para ser fecundo, necesariamente debe estar encausado hacia la acción política, en cuyo centro está el proyecto de país al que aspiramos.

Pero esto no es definitivo; en épocas de crisis los cambios suelen presentarse repentinos y con fuerza inusitada. La indiferencia puede tornarse en disposición a la lucha, la calma chicha en estallido, la fragmentación en confluencia y acción colectiva. América Latina es una muestra del hervidero, las disputas, los desplazamientos y cambios hacia uno y otro lado. Situación de la que es consciente la derecha que camina en terreno movedizo; de allí su estrategia para neutralizar, contener y derrotar a los sectores del cambio, valiéndose del poder mediático, de sus líderes de opinión, del fundamentalismo religioso y, si fuera el caso, de la brutal represión que llevará a cabo en nombre de la defensa de la democracia, combate al chavismo y otras perlas con las que acostumbra a justificar sus crímenes y fechorías.

La izquierda asiste a esta batalla en situación de debilidad, fundamentalmente porque, a fuerza de estar acostumbrada a jugar en los partidos de barrio, pierde de vista el panorama de las grandes ligas. De allí su incapacidad para asumir colectivamente un proyecto de país, de forjar la unidad política, social y cultural en torno a ese proyecto. La consecuencia inmediata es que va nuevamente fragmentada a esta disputa electoral, preocupada en defender sus pequeños espacios o satisfacer el apetito de caudillos, otorgándole una enorme ventaja a la derecha neoliberal, dejando pasar la oportunidad de golpearla y derrotarla cuando acusa una situación de crisis, fragilidad y desprestigio.

Pero la debilidad de la izquierda es relativa; puede convertirse en fortaleza si se identifican y superan los obstáculos que hasta hoy han impedido su avance; si se piensa y actúa en función de lo que le conviene al país y a la inmensa mayoría de peruanos.

No hay que perder de vista que la derecha puede recomponerse, por las buenas o por las malas, si no se le contrapone una correlación de fuerzas que vaya más allá de la coyuntura; correlación que le dispute la hegemonía política, de ideas, de masas, capaz de accionar en la lucha electoral y no electoral, de colocarse al frente de la lucha de los trabajadores, de las mujeres, de los derechos civiles y ciudadanos, de la defensa de los recursos y el medio ambiente. Disputa que en el presente tiene en el tema constitucional su eslabón más importante y en torno al cual se librará en este periodo la batalla decisiva para abrir un nuevo rumbo a nuestra patria.

A pesar de la fragmentación y de enfrentarse al inmenso poder mediático y económico de los partidos de la derecha, debemos hacer todos los esfuerzos para salir airosos de esta contienda y contar con una bancada parlamentaria, cuyos miembros jueguen el papel de verdaderos tribunos populares y contribuyan a la lucha por una nueva Constitución y una nueva república

Si tomamos en cuenta que las actuales elecciones parlamentarias están articuladas al proceso político electoral que incluye las elecciones generales del 2021 y las elecciones regionales y municipales del 2022, corresponde a las diversas vertientes de la izquierda y el progresismo enmendar rumbos y dar las próximas batallas de manera unificada. La confluencia actual de JP con Nuevo Perú es un paso adelante, que hay que consolidar y convertir en comités unitarios organizados a lo largo y ancho del país. Pero aún es insuficiente; el desafío mayor es construir la más amplia unidad, no solo de los partidos, sino también de los diversos sectores sociales, colectivos, profesionales, pueblos originarios, incorporar a esa gran mayoría de izquierdistas sin partido, dispuestos a luchar por un Perú nuevo. No hay tiempo que perder.