Por: Manuel Guerra

En los últimos tiempos viene recrudeciendo la ofensiva ideológica contra la izquierda, en particular contra el pensamiento marxista y los partidos comunistas. Esto es un fenómeno mundial, a cuya cabeza se encuentran las eminencias grises del imperialismo norteamericano, que, frente a la crisis y para encubrir su evidente decadencia, no se les ha ocurrido mejor idea que echar a andar una nueva Guerra Fría, resucitando la vieja cantaleta del cuco comunista.

Haciendo eco a estas líneas directrices y pretendiendo sacarle el cuerpo a su responsabilidad de haber conducido al país al desastre, nuestros muy creativos reaccionarios criollos dicen cosas dignas de personajes salidos de Macondo, como que el presidente Vizcarra pertenece a las filas de la izquierda y aplica un programa de izquierda, o que la ministra de economía está dirigida por Patria Roja. La intención es clara: el fracaso de la estrategia de contención a la pandemia, la falta de oxígeno y el colapso hospitalario, el brutal desempleo, el hambre que acosa a los hogares y hasta la creciente criminalidad y delincuencia, ya no serían consecuencia del capitalismo salvaje aplicado en los últimos 30 años, ni del agotamiento de la vieja república, hechura de las clases dominantes, sino de la izquierda y los comunistas.

Que el Sr. Vizcarra y sus ministros vienen profundizando el modelo neoliberal de la mano de la Confiep y al amparo de la espuria Constitución fujimorista, y que la estrategia contra la pandemia discurre por el cauce trazado por los grandes empresarios, beneficiarios, además, de los fondos públicos destinados a combatir este flagelo, es algo que ocultan con el cinismo al que nos tienen acostumbrados. Se trata de conjurar que el descontento popular sea canalizado por los sectores que levantan las banderas de un cambio verdadero, de abrirle la cancha a sus candidatos fabricados por el marketing y la acción mediática, de impedir el protagonismo de la izquierda y el movimiento popular.

A esta andanada en contra de la izquierda, el periodista César Hildebrandt contribuye con su granito de arena. Claro que no lo hace desde el reaccionarismo recalcitrante, sino desde el recalcitrante nihilismo, tal vez sin darse cuenta que los extremos se tocan, tal vez sin percibir que su purismo con el que se ha investido contribuye a la labor destructiva en que está empeñada la derecha coaligada en la defensa del status quo.

El nihilismo de Hildebrandt puede ser brillante en el uso del verbo y el adjetivo, en la frase lapidaria; puede ser efectivo para remover los sentimientos de sus lectores, para indignarlos o conmoverlos frente a las injusticias, pero no aporta nada sobre la solución a los problemas. Negar o renegar es positivo si va acompañado de una alternativa frente a lo que se critica. Pero la negación como principio y fin solo conduce a la decepción, al inmovilismo, a la queja depresiva, a la desconfianza y, finalmente, a la resignación. Si las cosas están mal y muy mal y nadie está capacitado para producir un cambio, entonces hago lo que mejor sé hacer: renegar de todo el mundo, descalificar a tirios y troyanos, lanzarles mis dardos cargados de veneno.

Hildebrandt reniega de la historia, centrándose en los personajes y no en los procesos, las causas, los factores que en última instancia explican el desempeño de los colectivos e individualidades. Solo ve las cosas en blanco y negro, olvidando los matices, lo positivo y negativo que puede tener un mismo proceso o la actuación de una persona. De este modo asume una postura liquidadora de Barrantes y Diez Canseco, presentándolos como personajes llenos de odio y resentimientos; lo propio hace con los colectivos o partidos de izquierda, a quienes no reconoce nada bueno, nada positivo, nada que los salve de su flamígera espada.

Seríamos mezquinos si no reconociéramos el papel que ha jugado y juega César Hildebrandt en la lucha contra el fujimorismo, el alanismo, la corrupción y las diversas expresiones de las clases dominantes que han conducido al país al atolladero; pero, como decía el viejo Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Y es aquí, en el aspecto de la transformación, que Hildebrandt da palos de ciego; y es aquí, que la izquierda, afirmando sus principios, capaz de renovarse y aprender de sus errores, persiste en la esperanza y el optimismo, continúa tercamente apostando por el amanecer en medio de la oscuridad y la tormenta.