INSEGURIDAD Y RACISMO: EL CASO DE LIMA A INICIOS DEL SIGLO XX

Por. Augusto Lostaunau Moscol *

¿Existe alguna relación entre los discursos racistas y la inseguridad? ¿La llegada de inmigrantes es la base de un discurso xenófobo? ¿Al interior de una misma sociedad existe el “nosotros” y el “otro”? Intentaremos desarrollar algunas ideas y dejar interrogantes al final.

En agosto del mismo 1908 ya se habían remitido las fotos del español Vicente Prieto Diego, quien era buscado en toda España y en varios países de Europa por diferentes delitos. En una ciudad donde la clase dominante es altamente alienada, la presencia de extranjeros –principalmente blancos- con vestimenta muy elegante y en lugares “de primera” no generó ninguna sospecha sobre su actividad delincuencial. Quizás alguna señorita de la alta sociedad se enamoró de su forma de hablar el castellano y más de una madre los soñó como yerno. Aunque, no todos los extranjeros eran vistos como “gente decente” y “de progreso”. Existieron los extranjeros rechazados socialmente. José Gálvez indica que “Cuando el cronista era niño venían a esta ciudad muchos gitanos. Con frecuencia oía decir: -¡Cuidado! Han venido los gitanos y te pueden robar…”. Los gitanos fueron parte de ese grupo de extranjeros “mal vistos” por los limeños. Su presencia originaba inseguridad y sus actividades eran sinónimo de robo. Entonces, frente a los gitanos era mejor cuidarse o retirarse. Pero, no sólo existen grupos de extranjeros que son percibidos como delincuentes. Los indígenas eran vistos de la misma manera.

El educador español Sebastián Lorente escribió que:
“El indio no tiene el atrevimiento del salteador de caminos, y por eso no es para los robos en grande. Mandad sin inquietud una carga de plata con solo el conductor, que llegará a su destino. Si dejasteis olvidada una prenda valiosa en la calle o en el campo, nadie se atreverá a tomarla. Pero los objetos de poca monta los sustraerá el indio a vuestra propia vista, casi de vuestras manos. Nada le inspira el respeto a los bienes ajenos, y todo le mueve a desconocer la propiedad; así que no puede acercársenos sin robar algo, una bagatela, un harapo, un utensilio de que ya no hacíamos aprecio. Sacará la yuca y la carne de la olla, y las enterrará provisionalmente en la cocina; escarbará la tierra para llevarse las papas que acaba de sembrar por nuestra cuenta, sin cuidarse del considerable desfalco que su pequeño hurto ocasiona en la cosecha. Al trasquilar el ganado ocultará algún vellón entre las espinas y piedritas”.

Sebastián Lorente fue educador y director del colegio Nuestra Señora de Guadalupe, durante la segunda parte del siglo XIX. En dicho colegio se educaban los niños y adolescentes provenientes de las clases dominantes. Es interesante reconocer que muchas de las ideas del profesor son asumidas como verdades insuperables por los educandos a su cargo. Así, varias generaciones de limeños repitieron los pensamientos y las palabras de este educador español. Entonces, si el indio es un ladrón de poca monta, la servidumbre de origen andino que trabajaba en las casas de la clase dominante, era la principal sospechosa de la pérdida de alimentos, objetos de segunda o “harapos”. El indio era ratero porque así es su conducta desde el nacimiento pero, un ratero menor, una especie de ave de rapiña, se le debe de vigilar porque sus robos de menor cuantía con el tiempo se convierten en grandes pérdidas para los patrones. Quizás por ello, la clase dominante en el mercado siempre compra los alimentos exactos. Una forma de contabilizar las existencias y evitar el robo de “la sirvienta” o “del muchacho” que trabaja en la casa. Lorente les enseñó a los miembros de la clase dominante peruana a despreciar al indio por ratero pero, no sólo enseñó eso en sus clases en el colegio

Guadalupe. Según Alberto Rubio Fataccioli:
“La acción pedagógica de Lorente en Guadalupe fue muy fecunda y llena de alegría y afectó a sus pequeños estudiantes que lo seguían como a un verdadero padre. Los colegas le profesaban gran cariño y le admiraban muchísimo, no solamente por la bondad de carácter y la rectitud de sus actos, sino también por la profundidad de conocimientos y la gran reciedumbre de personalidad”.

Si esta descripción es real, entonces Lorente fue un padre que les enseñó a sus “hijos” –alumnos- a desconfiar de quienes tienen la piel cetrina, del hombre del Ande, que por ser eso, era necesariamente un delincuente “potencial”. En una sociedad racista, Lorente fue aceptado en forma rápida y alegre por quienes profesaban el racismo como una forma de dualidad “honesto/deshonesto; trabajador/ladrón”, es decir “blanco/indio”.
El periodista Humberto Del Águila, bajo el seudónimo de

Rinconete señaló que:
“Un cachaco no llega de la sierra hecho y derecho. Necesita aclimatarse al medio, perder un poco su olor a lana de carnero antes de entrar a un cuartel de policía. Generalmente entra a una casa en calidad de sirviente, en donde después de seis meses o más, aprende cuál es el oficio del peine y el empleo del agua en la higiene personal. Apenas se les presenta ocasión, asciende a mayordomo. Una vez de mayordomo, se puede asegurar que será cachaco. Está en el camino. Efectivamente al cabo de unos cuatro meses de mayordomo, ha conocido ya algún personaje influyente del que consigue una tarjeta, gracias a la cual logra entrar a formar parte de una columna de la guardia civil. Ya el hombre (¿) está en funciones”.

Aquí, la visión discriminatoria se mantiene. Al llegado de los Andes se le califica de tener “olor a lana de carnero” pero, la diferencia es que, mientras Lorente afirma que la servidumbre roba; Del Águila asume que la servidumbre es sólo un camino entre “ser recién llegado” y tener la oportunidad de “asimilarse al sistema de la nueva sociedad donde se encuentra”.
En sus memorias, el contador Horacio Vega León (nacido en 1913) narró que llegó a Lima –desde el Cusco- en 1924, traído por un amigo de sus padres –el “viejo Ugarte”- que prometió enviarlo a la escuela. En Lima, se hospedó en la casa de la señora Isabel Hudtwalcker, ubicada entre la avenida De La Exposición y el jirón Washington. En la casa de doña Chabelita –como siempre la recuerda- realizó las labores de un trabajador del hogar conjugado con el trabajador de una pensión. Pero, jamás cumplieron con enviarlo a la escuela, por ello recuerda que:

“Una mañana del mes de marzo de 1928, pues, agarré todas mis cacharpas, salí hasta la puerta y llamé un folleque de esos destartalados vehículos con cuatro ruedas de la época, y me trasladé a mi nueva residencia en la casa del viejo Ugarte, en el Barrio de la Colmena, con precisión en la calle Zepita N° 337, una casita de bajos, con cuatro habitaciones, una cocina, baño, un cuartito de servicio y patio. Ese día de marzo terminaba la etapa más terrible de mi vida, y daba comienzo a otra”.
Mucha de la “servidumbre” que cumplía labores en las casas de la clase dominante limeña, fueron niños nacidos en los departamentos andinos, traídos a la capital con la promesa de estudiar pero, fueron condenados a la explotación. Aparte de ello, se creó alrededor de ellos la idea que eran “ladrones de poca monta”.

Sebastián Lorente también sostiene que:
“La pereza, la lujuria y la embriaguez, llenan casi todos los días pacíficos del chuncho. Pasa las semanas tendido sobre la estera, o dormitando en la hamaca, y al ver su profunda inacción se le tomaría por la estatua de la inmovilidad silenciosa. Sus mujeres están en eternos afanes para abastecerles de bebidas que le embriaguen; sólo cuando se hallan borrachos, saltan, ríen, riñen y dan gritos que atruenan. Lascivos sobre todo encarecimiento se duerme en el deleite, busca muchas esposas, y extraño a todo sentimiento de pudor, solemniza a veces su matrimonio consumándole a presencia de toda la tribu”.

Es la descripción que hace este educador español del hombre peruano originario del bosque tropical amazónico. Lo cataloga de ocioso, borracho, impúdico, etc. Es considerado prácticamente un ser incivilizado, una especie de atraso social para el Perú. Fue tanto el desprecio por el hombre amazónico que, durante la llamada Era del Caucho, la mortandad que sufrieron los grupos étnicos de esta región, no significó nada para la clase dominante. O quizás, fue vista como una limpieza social en beneficio del país.

En 1910 Hermilio Valdizán presentó su tesis de bachiller titulada La Delincuencia en el Perú, donde siguiendo los métodos de Lombroso (fundador de la antropología criminal y la escuela criminológica positivista), analizó esta problemática social principalmente entre los indígenas que poblaban el Perú. Tomó atención en los tatuajes de los criminales e indicó que: “Podrían explicarse tal vez, por el culto que nuestro elemento aborigen presta al símbolo en sus manifestaciones menos silenciosas, en aquellas en que hablan al espíritu con tonos más intensivos”. Este análisis de los tatuajes que realizó Valdizán se debe a que el método lombrosiano propone entender la criminalidad como un “recrudecer de los instintos sanguinarios del hombre de las cavernas”, es decir, un retroceso humano en su camino hacia la civilización. En las cárceles de Lima y de todo el Perú, el tatuaje siempre fue un símbolo o una representación de superioridad. Se debía ser “Bien Hombre” para resistir el dolor de un tatuaje. Significaba una representación de pertenencia a un grupo social marginal.

Los miembros de las fuerzas armadas –principalmente de la Marina de Guerra- también fueron muy afectos a los tatuajes pero, en este caso, este acto representaba su “amor por la patria y la institución”, lo que generaba mayor aceptación social. El tatuaje es aceptado o rechazado según la persona que lo exhiba. Si esa persona pertenece a las clases dominantes, el tatuaje es visto como un acto honroso; por el contrario, si la persona pertenece a las clases dominadas, el tatuaje causa el rechazo por su condición de marginal. Es comprensible que Valdizán sostenga que un delincuente tatuado era casi como un hombre de las cavernas. Un primitivo que se convierte en un peligro para una sociedad contemporánea.

*Historiador a favor del Colegio Profesional de Historiadores del Perú.