Por: Alberto Moreno Rojas

De encontrarnos en una situación normal, este 16 de abril los comunistas estaríamos marchando a su tumba con ocasión del 91 aniversario de su paso a la inmortalidad. Homenaje, recordación, compromiso, lealtad con su pensamiento, su obra creadora, su ejemplo de vida como abanderado de un futuro socialista para el Perú.

No es posible. Pero es ocasión para recordar su memoria y reflexionar sobre estos tiempos complejos, difíciles, cargado de incertidumbre, también de serias amenazas como de oportunidades que nos toca vivir. Tiempos de crisis, de resistencia de las fuerzas conservadoras, de exigencias de cambios para hacer viable el Perú.

El Amauta es una bandera entendida, pero no necesariamente asumida. Que es lo más importante. Admirable en todos los sentidos. Indispensable hoy más que nunca.

Como homenaje personal van dos textos escritos tiempo atrás. El primero, una conferencia dictada en la municipalidad de Trujillo* por invitación del alcalde ingeniero José Murgia. El segundo, fragmento de un discurso con ocasión del 67 aniversario de su fallecimiento (1997): “Eso somos nosotros, pinos nuevos”.

HOMENAJE A JOSE CARLOS MARIÁTEGUI

Señor Alcalde del honorable Consejo Provincial de Trujillo, ingeniero José Murgia,

Señores miembros de la Comisión Municipal del Centenario del Nacimiento de José Carlos Mariátegui,

Sra. Angélica Mariátegui,

Señoras y señores:

 Me siento altamente honrado por la invitación que se me ha hecho para presentar el Discurso de Orden en la sesión solemne del Consejo Provincial de la ciudad de Trujillo, con ocasión del centenario del nacimiento de José Carlos Mariátegui la Chira, insigne intelectual y luchador social cuyo pensamiento y obra adquieren hoy relevancia especial dentro como fuera de nuestras fronteras, por su originalidad, fuerza argumental y profunda raigambre en la realidad nacional.

Este acto solemne pone de manifiesto por lo menos dos cosas: primero, que el pensamiento y la obra del Amauta se han convertido en patrimonio nacional, más allá de controversias ideológicas o políticas. En segundo lugar, su actualidad, su presencia en la forja de una nueva conciencia nacional, su fuerza motivadora para repensar el Perú y su destino en un ambiente de cambios dramáticos que abarcan al planeta como jamás antes vivió la humanidad.

Para nadie es desconocida su filiación marxista y socialista. Este es el punto de arranque de su quehacer político e ideológico, de sus esfuerzos para organizar y formar conciencia de clase en los trabajadores, de su mensaje a las generaciones nuevas. Nada de lo que realiza, a su retorno de Europa, escapa a esta preocupación. Su fuerza física e intelectual tiene un solo derrotero: “concurrir a la realización del socialismo peruano”.  Punto de partida y de llegada, que ni siquiera circunstancias difíciles de represión, salud o sobrevivencia lo desviaron del camino. En este esfuerzo sobrehumano fue invalorable el apoyo que le prestó su esposa Anita Chiappe. A ella también, en esta oportunidad, rendimos nuestro sentido homenaje.

Conviene resaltar que en Mariátegui el socialismo es “un método y una doctrina, un ideario y una praxis”, es decir un todo indivisible que compromete sus ideas, su actividad práctica de luchador social, los actos de su vida.

“Mi pensamiento y mi obra constituyen una sola cosa, un único proceso” escribió en la advertencia a los 7 Ensayos. Desde su punto de vista, política y ética son confluyentes, inseparable una de la otra. La política se eleva, entonces, al rol de apostolado. En este caso son exactas las palabras del poeta Pablo Neruda referidas al Amauta: “Fue un maestro que metió las manos en la tierra y en el hombre para amalgamarlos y encaminarlos en la historia”.

Es que en Mariátegui la palabra no se disocia de los hechos, el pensamiento de la acción. Se entrelazan hasta constituir una unidad de contrarios en constante ebullición. Es en la práctica donde se verifica la justeza de las ideas; éstas, a su vez, enriquece aquella. Por eso es que nunca entendió terminada su obra, sujeta a perfeccionamiento mientras viviera.

¡Qué corta en el tiempo fue su vida! Pero fue suficiente para acumular un inmenso saber que trasmutó en ideas creadoras, en propuestas renovadoras, en ese esfuerzo gigantesco para entender y cambiar el Perú. Nada escapó a sus ojos vigilantes. Por eso es que los acontecimientos no lo sorprendieron nunca, y pudo darnos el testimonio vivo de su tiempo.

El marxismo no es un dogma sino una guía para la acción. En sus palabras: “un método profundamente dialéctico…que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos”. Fiel a este postulado nos entregó como tesoro invalorable su espíritu creador, siempre abierto a lo nuevo y dispuesto a enriquecerse con las adquisiciones del conocimiento en todos los campos de la actividad humana.

“Lo humano es nuestro” fue su consigna. En efecto, su humanismo señala un derrotero pletórico de riqueza espiritual. Por eso sus esfuerzos para conocer y entender el Perú, sus preocupaciones por los temas económicos, sociales, históricos, culturales.  Tienen en su lugar un único propósito: conocer la trama oculta de la realidad peruana para operar en ella y transformarla. Aquí está el secreto de su actualidad, de su permanencia. Mientras haya necesidad de conocer el Perú y de transformarlo, de colocarlo en el escenario de los cambios estructurales que necesita para realizarse como sociedad independiente, moderna, avanzada, próspera y desarrollada, al servicio de sus mayorías hasta ahora postergadas, que él identificó con el socialismo, continuarán vigentes su pensamiento, su actitud, su obra iniciada.

Mariátegui no clausura una etapa del pensamiento nacional; abre otra y señala un nuevo derrotero a seguir. No se contenta con ser parte de la historia, se propone hacer historia.

Todo dogmatismo o apologética esteriliza el pensamiento vivo y creador. Lo torna inútil y muerto. La riqueza del pensamiento y la obra dejada por el Amauta radica justamente en su rebeldía contra tales comportamientos. Estamos advertidos: la mejor manera de asumir su herencia teórica e intelectual consiste en actuar como él lo hizo: evitar el dogmatismo, la apologética, y sentirlo más bien como punto de partida que hay necesidad de continuar y desarrollar con igual sentido de creación y realización.

El pasado debe servir al presente, permitiendo, al mismo tiempo, estar en mejores condiciones para avizorar el futuro. Las lecciones de la historia adquieren valor si se sabe aprovecharse de ella como corresponde. Cuanto pensó, escribió o realizó Mariátegui es parte sustantiva de esta historia, y por eso mismo un mensaje no agotado. Continuar el camino iniciado por él y por quienes representan la búsqueda de un destino nuevo y mejor para la patria y para el pueblo peruano, tal el desafío de las nuevas generaciones. Continuar no significa repetir, sino más bien enriquecer y desarrollar lo precedente de conformidad con las nuevas realidades. Porque la vida no es inmutable sino cambiante, es siempre más rica que cualquier teoría.

En el estilo preciso que caracterizaba su prosa, nos dejó una invitación a la lucha y a la esperanza: “El hombre llega para partir de nuevo”.  El final de la jornada no es la culminación del camino recorrido, sino el comienzo de otra. El ser humano no se contenta con lo vivido. Sueña como Ícaro con nuevas conquistas del espacio y el espíritu. En el Perú, de vieja raigambre histórica, todo está por hacerse. En el horizonte se perciben las señales que indican la necesidad de transitar hacia la libertad aún no encontrada, la solidaridad, la justicia social, el bienestar material y espiritual para todos los seres humanos que habitan la patria, y más allá de ella. Si sus meditaciones asentaron en tierra nuestra, se abrieron también al vasto escenario mundial.

Pocas veces se ha visto la confluencia dramática entre la adversidad y la esperanza, como en su caso personal. Su vida no fue un lecho de rosas. Desde su niñez se hizo en la lucha diaria. Las dificultades forjaron su temple, su tenacidad para vencerlas. Sobreponiéndose a la realidad de su salud débil y su cuerpo enfermo, se alza como un gigante del pensamiento, pero también como organizador y constructor del mundo nuevo que sueña para el Perú.

Su victoria es la del espíritu que se resiste a la mediocridad, a la pasividad cómplice, a la demagogia fácil, a la actitud pusilánime de los conformistas. En esta fuerza moral reside su grandeza que hace indeleble su ejemplo. Más que símbolo, es un paradigma del hombre nuevo y del militante comprometido con los pobres de la tierra.

Se puede discrepar con sus puntos de vista. Pueden existir distancias con sus convicciones ideológicas o políticas. Pero donde no es posible encontrar un resquicio de duda o desconfianza es en esta su actitud transparente, de entrega sin condiciones a la causa que alienta, a las fuerzas sociales que cree protagonistas del mundo nuevo que sueña: los trabajadores.

Hombre íntegro, que reclamaba polemizar con ideas antes que con personas, ajeno a sectarismos estériles, desprovisto de todo afán caudillista o personalista, cuya modestia, integridad moral y confianza en los trabajadores y las masas indígenas y campesinas es ejemplar, deja a las nuevas generaciones el ejemplo de su vida. “Muchas cosas hay admirables –escribió el trágico griego Sófocles- pero ninguna es más admirable que el hombre”. La vida del Amauta es justamente admirable porque condensa los mejores valores de nuestra cultura y carácter nacional, con las más altas cualidades conquistadas por el género humano. Peruano y universal: tal el rasgo sustantivo del Amauta.

El drama que sufre desde siempre el Perú parecería indicar que no tiene futuro. La nuestra es una historia de oportunidades perdidas, de propósitos no continuados, de derrotas más que de victorias. La república no logra resolver contradicciones que vienen desde sus orígenes. La nación sigue siendo una tarea inconclusa. La integración económica y el mercado nacional continúan bloqueados por el centralismo. La democracia sigue siendo más rótulo que realidad alcanzada. Seguimos careciendo de proyecto nacional como de la fuerza dirigente capaz de acometer esa tarea. Prevalece lo errático. Domina la coyuntura mientras está ausente el largo plazo que es donde se moldea el futuro de un país. 

El “mito de la revolución social” que vislumbró Mariátegui, como fuerza nuclear de la diversidad que somos, sigue en pie. Experiencias frustradas en otras latitudes no indican su acabamiento, como sugieren quienes creen llegado el fin de las ideologías y la historia, queriendo confirmar con ello la perpetuidad del capitalismo. Hoy con más fuerza que en otros momentos podemos darnos cuenta de la enorme justeza de su tesis de que las revoluciones no operan como calco ni copia, sino como “creación heroica” de los pueblos.

Ningún país ha logrado su desarrollo y prosperidad apoyándose, esencialmente, en los recursos externos. En un mundo crecientemente interdependiente no es posible desconectarse de esa realidad. Pero, en definitiva, descansa en sus fuerzas internas, en el potencial humano y en el aprovechamiento inteligente y racional de sus recursos, la posibilidad de forjar una economía y una sociedad próspera, con justicia social, en relación armoniosa con el medio ambiente.

Por desgracia, a 175 años de alcanzada la independencia y fundada la república, subyace la mentalidad colonial que impide pensar con cabeza propia y afrontar los problemas con nuestros medios y métodos propios. La dependencia jamás ha traído sociedades libres y desarrolladas.

La aplicación del modelo neoliberal, impuesto desde fuera, disloca nuestra capacidad de autodecisión, somete nuestra soberanía, conduce a la polarización extrema, la reconcentración de la riqueza y al saqueo de los recursos naturales, a la virtual exclusión de los países del Tercer Mundo de que somos parte. En tales condiciones la democracia liberal cede al autoritarismo y al centralismo, a la concentración del poder donde los factores económicos son cada vez más determinantes. La dictadura fujimorista no es sino la expresión extrema de este proceso, su resultado natural y grotesco.

De la misma manera que el neoliberalismo no garantiza el desarrollo, la integración, la igualdad y la justicia social esperados por nuestros pueblos, el militarismo abierto o encubierto no trae orden democrático ni vigencia de los derechos humanos fundamentales. Las ilusiones que genera en una población abrumada por la crisis, la pobreza y el desaliento, no tiene sustento en la realidad. Una realidad donde se desbocan la corrupción y los privilegios para pocos, por lo general vinculados al capital transnacional.

Satisface constatar en este clima sombrío síntomas claros de descontento y de búsqueda de salidas a la situación ya insoportable. Lo que hace falta es contar con una oposición organizada capaz de salir del obstruccionismo tradicional y plasmar un proyecto alternativo viable, que tenga detrás suyo la fuerza política, intelectual y moral para sentar las bases de la refundación de la república. Sólo entonces se recuperará la confianza de la gente de la que hoy se carece. Tenemos necesidad de construir esta fuerza del cambio para derrotar a la dictadura e impedir el continuismo con otro rostro.

Que las oportunidades perdidas no vuelvan a repetirse, está en nosotros. Depende de lo que hagamos o dejemos de hacer. No olvidemos que la dictadura fujimorista es hija de la crisis y de los desaciertos de quienes no supieron gobernar el Perú con inteligencia y honestidad. Si el Perú se encuentra postrado no se debe a la incapacidad de su pueblo, sino en los hombres que lo gobernaron.

Tiempos difíciles los que nos toca vivir. No pocos abandonan las trincheras para cobijarse en las del adversario o en la pasividad. Que bien suenan las palabras del poeta:

“Llega la siega

  y todos los que habían deseado ser flores

  cambian velozmente sus deseos”.

Precisamente en estas condiciones hostiles podemos apreciar mejor la figura luminosa del Amauta, pletórico de confianza en el futuro. Sentir que nos hermana su causa y alienta nuestras vidas y esperanzas. Su memoria permite reflexionar seriamente el destino de la patria como la dimensión de nuestras responsabilidades.

Estoy persuadido que, en su mensaje, en sus ideas y obra realizada, en lo que se propuso hacer y no pudo porque la vida fue muy corta para él, pero que no es difícil vislumbrar, encontraremos la fuerza suficiente para salir adelante y abrir un nuevo curso para el Perú.

Una vez más mi reconocimiento al señor alcalde del Municipio de Trujillo ingeniero José Murgia, al Presidente de la Comisión del Centenario del Amauta señor Juan Julio Lujan, a cada uno de ustedes por vuestra presencia.

Muchas gracias.

*Discurso de orden pronunciado por Alberto Moreno Rojas, el 16 de abril de 1995,  en el acto solemne organizado por el Consejo Provincial de Trujillo con ocasión del centenario del nacimiento de José Carlos Mariátegui, en el Salón de Actos de la municipalidad de la ciudad norteña.

ESOS SOMOS NOSOTROS: PINOS  NUEVOS

Hace 67 años dejó de latir el corazón todavía juvenil de uno de los hombres más transparentes, íntegros, sabios, que naciera en esta tierra nuestra. Ese hombre que supo elevarse hasta las mayores alturas del pensamiento y la acción transformadora es José Carlos Mariátegui.  Y, como si el tiempo buscara juntarlos en un haz y destino, un  15 de  abril  de  1938  murió, en París, César Vallejo, otro gigante del espíritu, de igual raigambre  fecunda y creadora, el poeta que penetró en las esencias más hondas del ser humano. En fin, el hombre, el revolucionario solidario y fraterno que vivió y murió “colmado de mundo”.

Permítasenos, en esta oportunidad, rendir homenaje a estos dos arquetipos del nuevo hombre, soñadores excelsos que siempre tuvieron bien puestos los pies sobre la tierra, ambos  socialistas que se nutrieron de las  ideas de Carlos Marx, ambos testigos  de su  tiempo también  forjadores de un  futuro  mejor y digno  para los seres humanos sobre la tierra.

No estamos solos; son miles, millones, los hombres y mujeres que en el mundo se orientan en la dirección del  socialismo y se abren  camino de acuerdo  a sus  propias  realidades  y circunstancias. Desde que Marx y Engels lanzaran al mundo el Manifiesto Comunista, suman otros tantos los que entregaron lo mejor de sí en aras  de esta causa, asumiendo, con  coraje, los rigores de la lucha  frente a un  enemigo feroz que jamás dio tregua. Hubieron, en el trayecto, grandes victorias; también derrotas. Pero la Revolución de Octubre, que abrió una nueva época en el mundo dominado por el capital y el  imperialismo, sigue allí como  una  invitación  a continuar la batalla, a pesar  de los  reveses y las caídas.

Mariátegui es de aquellos que se inscribieron en la lista de estos combatientes por un futuro mejor para la humanidad.  Lo hizo a conciencia, sin temores cobardes, sin afanes de figuración, completamente opuesto a la duda hamletiana de “ser o no ser”, como un simple soldado de una causa de multitudes. Es grande precisamente por eso:  porque a la  sabiduría acumulada  a lo largo de años de vida difícil y ardua sumó el compromiso del  militante, la  labor  del  organizador, la  inteligencia del  intelectual avizor,  la modestia del  ciudadano común  y corriente, la obra formadora del maestro incansable.

Nos enseñó, con su prédica y su ejemplo, que la política, cuando es auténtica y revolucionaria, es la “única  y grande actividad  creadora”,  la “realización  de un inmenso ideal  humano”,  porque  “será  para los pobres  no sólo la conquista del pan, sino también la  conquista de  la belleza,  del  arte,  del  pensamiento  y de todas  las complacencias  del  espíritu”.

Un Partido Comunista reconstruido y una izquierda renovada y exitosa no lo serán   porque llevan esos rótulos, sino porque recogen, continúan y desarrollan el pensamiento y la práctica del Amauta, asumiendo la política como un acto de entrega  generoso  al  servicio de la  inmensa mayoría  de peruanos ahora  condenada  al  atraso, la pobreza, la explotación, la  opresión,  la exclusión en  su propia  patria.

Mucho se ha examinado su obra escrita. Casi no hay tema que no se haya hurgado en sus mínimos detalles.  Pero no se ha prestado la misma atención a su comportamiento cotidiano, a su relación solícita con los trabajadores, con la intelectualidad y la juventud.  Es que no es fácil entender a un hombre que fue capaz de unir la palabra a la acción, su pensamiento y su vida hasta casi fundirse en una sola cosa. Y, después de todo ello, asombra cómo este hombre íntegro, puro, honesto, humano hasta en sus fibras  más íntimas, sólo reclama  para sí  que se  le reconozca su  sinceridad,  “la  única cosa a la  que no renunciaría nunca”.

De aquí fluye su fuerza moral, su ejemplo como adelantado de la nueva humanidad que anticipa el socialismo. Por eso es faro, conciencia lúcida, invitación heroica para las nuevas generaciones.

 Es que el socialismo es mucho más que la prédica fundada en sólidas bases científicas; necesita asumirse como ideal y conducta cotidiana. Sólo entonces la política revolucionaria se “eleva y se dignifica”, y sólo entonces, también, las masas la sienten suya y la defienden con su vida y con su sangre.  Mariátegui no se pasmó en la pequeña política, aquella de las ventajas transitorias, de las disputas interminables por espacios de poder, de las sectas seguras de su verdad de papel.  Hizo política grande, fundada en la realidad y no en sueños utópicos, la que asume el destino de un país y un pueblo, que encarna los más elevados ideales de la humanidad.

Esta es la herencia que recogemos los comunistas, los hombres y mujeres de avanzada. Sacando lecciones de la experiencia hecha, asumiendo críticamente errores y limitaciones, debemos tener la decisión de sentar las nuevas bases de un partido reconstruido y de una nueva izquierda reconstruida.

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CAMARADAS Y AMIGOS.

Luego de la caída del Muro de Berlín muchos se preguntan si el socialismo tiene aún vigencia. Si los retrocesos vividos no estarían significando el “fin de las ideologías”, la perpetuación del capitalismo como el único sistema económico y social posible sobre la tierra.

La única respuesta es ésta: el socialismo vive porque responde a las condiciones objetivas del desarrollo social, a las necesidades de progreso, justicia social, emancipación de toda forma de opresión y exclusión, dignidad y relación armoniosa con el medio ambiente. Tres siglos de capitalismo, a pesar de los grandes cambios producidos desde entonces, no han resuelto los problemas fundamentales que agobian a la humanidad.

Socialismo y democracia no tienen por qué ser excluyentes. Todo lo contrario.  Socialismo sin democracia efectiva en lo económico, político, social, cultural, deja de ser   socialismo. Todo en bien del ser humano, es su divisa. Cuando esto se distorsiona se    introduce el burocratismo, la monopolización del Poder por una élite, cesan la   institucionalidad y la legalidad. Esto   es lo que ocurrió en la ex-URSS.  Su derrumbe no fue, pues,  casual,  ni  consecuencia  del  fracaso  del  socialismo  como argumenta  la prensa  reaccionaria.

Este no es el “socialismo” que preconizó Mariátegui.  El habló siempre de un   socialismo que no sería calco ni copia sino creación heroica. Un socialismo que, inscribiéndose en los principios enunciados por Marx, correspondiera a las condiciones del   Perú y que fuera construido desde y para el  pueblo.  De allí su reivindicación del indígena, su   confianza en la capacidad de la clase obrera, su alta valoración de la intelectualidad   patriota, la búsqueda de la unidad más amplia que lo hiciera posible.

No ofreció un modelo, una receta, sino un reto creador. Una obra a construir con el concurso de la inmensa mayoría. Su muerte temprana frustró la maduración de ese proyecto. Nos corresponde continuar la faena y hacerla lo mejor posible.

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CAMARADAS Y AMIGOS.

Ninguna causa grande se construye sin esfuerzo ni sacrificio. Menos en estos  tiempos difíciles y complicados que nos ha tocado vivir.

Permítanme concluir con palabras de ese enorme ciudadano de América que es José Martí: 

“Rompió de pronto el sol sobre el claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡esos somos nosotros: pinos nuevos!”.

Lima 16 de abril de 1994.