GOOD BYE PPK, ¿QUÉ VIENE AHORA?

Por: Manuel Guerra

PPK se va por la puerta trasera en lo que significa la agonía de una larga carrera política y empresarial marcada por el entreguismo y la traición a los intereses nacionales, el cinismo en su oficio de lobbysta profesional, la carencia de escrúpulos para hacer de la política una actividad de manejos ilícitos y corruptelas.

Pero el triste desempeño de este personaje que llegó a ser presidente del Perú no es el vuelo solitario de una golondrina; es parte del amasijo que se fue generando desde los años 90 del siglo pasado en el que el fujimontesinismo, catalizado por la levadura neoliberal, inauguró una nueva forma de hacer política: la antipolítica. Echando mano de un discurso contra los “políticos tradicionales” el fujimorismo creó partidos-combi que cambiaban de nombre en cada elección, entidades en el que sus miembros no se agrupaban en función de un ideario o programa que no fuera el crudo pragmatismo con la expectativa de copar los espacios de gobierno para saquear el erario público. El asistencialismo y la manipulación mediática fueros los principales mecanismos para captar adeptos y contar con una base social que les permitiera la continuidad; el autoritarismo la herramienta para mantener a raya a la oposición.

La degradación de la política con su pléyade de logreros, tránsfugas y mediocres fue el resultado de ello, generándose las condiciones para que se desbocara la gigantesca corrupción que sobrevino, terreno favorable para que las grandes empresas expandieran sus negocios en un contexto en que el Estado se había transformado en subsidiario del mercado, contando en su interior con funcionarios de primer nivel convertidos en sus voluntariosos operadores, dispuestos a entregar el país a cambio de unos cuantos millones de dólares a sus cuentas.

La caída del fujimorismo luego del escándalo de los vladivideos y las protestas populares que tuvieron su punto culminante en la marcha de los cuatro suyos, debió inaugurar un camino de regeneración moral en el país, lo que equivalía a desmontar el andamiaje político levantado por el fujimorismo y sostenido por la espúrea Constitución de 1993. No fue así. Toledo, García, Humala, y ahora PPK, continuaron por esos carriles y se aprovecharon de ese andamiaje para sus propios fines.

Hoy, con la caída de PPK, tenemos un escenario similar, es decir la gran oportunidad para abrir un nuevo rumbo al país. De nada servirá si después de PPK se erige el fujimorismo en su versión keikista como fuerza dominante o, si la derecha neoliberal logra encauzar el descontento ciudadano hacia una salida que le permita que el modelo quede intocado.

Es hora que la izquierda, el progresismo, los sectores patrióticos y democráticos, las diversas expresiones del movimiento popular accionen para orientar y definir en desenlace de esta crisis política. La convocatoria a nuevas elecciones es una demanda que hay que levantar con fuerza, pero ello debe ir acompañada del protagonismo del pueblo movilizado a lo largo y ancho del país.

No es suficiente cambiar al gobierno y al Parlamento si es que vamos a tener más de lo mismo, es momento de accionar con fuerza para conquistar un gobierno democrático, patriótico, de regeneración moral; es impostergable ganar la correlación de fuerzas políticas, sociales y culturales para exigir una nueva Constitución, cambio de modelo económico y fundar una nueva República. La situación del país necesita cambios profundos, grandeza en la visión y actuar de los políticos. Si no lo logramos caeremos nuevamente en el círculo vicioso que condena al Perú al atraso permanente.