Por: Manuel Guerra

La beligerancia actual de la derecha neoliberal es semejante a la de la bestia que defiende su madriguera. Despojada por la pandemia de sus maquillajes y afeites, exhibe la crudeza de una fealdad que repele y que pretende ocultar a grito destemplado, haciendo malabares para que miremos a otro lado; acusando, mintiendo, echando mano a trillados infundios para evitar que se le pida cuentas por haber desmantelado al Estado, permitir el saqueo de los recursos naturales, quebrar el aparato productivo que tiene como correlato la monstruosa informalidad, haber despojado a la mayoría de peruanos de sus derechos más elementales, como empleo digno, vivienda, salud y educación de calidad.

Cuando el neoliberalismo se desgañita oponiéndose al estatismo no es que esté en contra del Estado; a lo que en realidad se opone es a lo público; según esta lógica el Estado es bueno siempre y cuando esté al servicio de intereses privados, malo si se coloca al servicio de lo público, es decir en beneficio de las grandes mayorías.

Durante los últimos 30 años los grandes empresarios bien que se han servido del Estado para sus propios fines, al amparo de la Constitución de 1993 que el fujimontesinismo impuso a sangre y fuego. Es a través de las instituciones del Estado —el Ejecutivo, el Parlamento, el Poder Judicial, el Ministerio Público, las fuerzas armadas y policiales— que se llevaron a cabo e impusieron las reformas neoliberales con el objetivo de enriquecer más a los más ricos a través de las privatizaciones, la entrega de los recursos naturales, las exoneraciones tributarias, los lesivos contratos de estabilidad jurídica, la usura financiera, la sobreexplotación de los trabajadores.

Este Estado, el Estado mínimo, el Estado subsidiario del mercado, instrumento funcional al festín neoliberal es lo que está ahora en crisis. Este Estado que, además, el modelo ha corrompido hasta la médula, es el que ahora se encuentra incapacitado para hacer frente a la pandemia del COVID-19. Sin embargo, en medio de la tragedia y cuando la situación exige que se tomen políticas públicas drásticas para amenguar el padecimiento de los peruanos, los grandes empresarios permanecen al acecho enseñando los dientes para impedirlo.

 Han logrado que el mayor porcentaje de los fondos que el gobierno dispuso para afrontar la emergencia se canalice hacia el rescate de sus negocios y al sector financiero, que se proceda al despido de los trabajadores disfrazado de suspensión perfecta, que se autoricen las actividades económicas relajando las medidas de seguridad de los empleados. Ahora hacen un cierrafilas para impedir el impuesto a las grandes fortunas y cualquier otra medida que los afecte en lo más mínimo. “Populista”, es la palabra de moda que usan para descalificar a quienes promueven que el Estado recupere su rol ordenador de la economía, implementador de políticas públicas para garantizar el bienestar de las mayorías, garante de los derechos ciudadanos.

La señorona columnista de El Comercio Diana Seminario, de la misma cepa reaccionaria que su colega Maki Miró Quesada y la mandamás de la Confiep, María Isabel León, se pregunta candorosamente si es más importante reducir la pobreza o reducir la desigualdad, como si una cosa no tuviera nada que ver con la otra. Obvia el hecho que la concentración de la riqueza en pocas manos tiene como contraparte la pobreza de muchos y que la desigualdad y las brechas sociales se han hecho mucho más profundas con la aplicación de este modelo que además refuerza el segregacionismo, la xenofobia, el racismo, el machismo, la antidemocracia y destruye la naturaleza.

La pandemia está desnudando las miserias del modelo neoliberal, es cierto; pero traérselo abajo y abrir un nuevo rumbo al país requiere disputar la mente de la gente, sembrar conciencia, organización y disposición a asumir esta tarea histórica. A ello hay que dedicarle los mayores esfuerzos.