Por: Manuel Guerra

El Perú transita hoy por uno de los periodos cruciales de su historia. El desenlace de este proceso tendrá consecuencias a lo largo de las próximas décadas, pues lo que está en juego es la continuidad de una arquitectura económica, política, social y cultural en la que la gran mayoría de la población permanece excluida del bienestar y el ejercicio de los derechos más elementales; o, como contraparte, la construcción de un país inclusivo, democrático, moderno, soberano, desarrollado, capaz de enfrentar los retos del presente siglo.

Como pocas veces, el actual proceso electoral pone frente a frente de manera nítida a actores que tienen intereses opuestos, y como pocas veces las clases dominantes sienten que el piso se les mueve, entran en pánico y no pueden refrenar a la caverna que llevan dentro, dejan de lado las formas democráticas y dan rienda suelta al encono y la virulencia. En una situación de polarización es natural que prevalezcan los intereses de clase y los diversos sectores tomen posición sin ambages en uno u otro lado. Hoy por hoy, en la presente contienda electoral, el fujimorismo representa los intereses de las clases dominantes y no es ninguna rareza que personajes como Vargas Llosa, que hace rato entregaron su alma a don dinero, actúen como lo están haciendo.

En la otra orilla, una combinación de diversas circunstancias, ha colocado al candidato de Perú Libre, Pedro Castillo, a la cabeza de los vastos sectores populares que aspiran y exigen cambios de verdad. En un contexto como el presente, para quienes bregamos por abrir un nuevo rumbo a nuestra patria, no puede haber lugar a dudas y debemos cerrar filas para ganarle esta batalla a la derecha apátrida, que ha sumido al país en el atraso y a las grandes mayorías en el abandono.

Pero nos movemos en un escenario complejo.  Si tomamos en cuenta los resultados de la primera vuelta y los sondeos de las encuestadoras, aún hay un amplio sector de la población que no está convencido por ninguna de las candidaturas, que siente rechazo a la política o que desconfía de todo el mundo. La batalla por los indecisos se convierte en el punto neurálgico de esta contienda, situación que las clases dominantes pretenden resolver a través del miedo, las más groseras mentiras, el terruqueo, la feroz campaña anticomunista.

Si la tendencia actual se afirma y Castillo sale elegido presidente, los poderes fácticos presionarán e intentarán cooptarlo, como hicieron con Ollanta Humala; si no lo logran debemos prepararnos para enfrentar el sabotaje económico, la actuación de hordas fascistas, la desestabilización, el intervencionismo del imperialismo norteamericano y sus satélites en la región, la posibilidad de golpe parlamentario o la irrupción de los cuarteles. Tampoco el país tendrá estabilidad si resulta ganadora la Sra. K; en este caso lo más seguro que se desate el autoritarismo para derrotar a sangre y fuego a la corriente del cambio democrático y patriótico, aplastar a la oposición política y social que inevitablemente se pondrá en marcha.

Sea cual sea el resultado de la contienda electoral el Perú ingresará en un terreno de mayor inestabilidad política, mayores tensiones y profundización de la lucha de clases, escenario de riesgos y amenazas, pero también de grandes desafíos y oportunidades que pondrá a prueba la consistencia ideológica, política, programático; la capacidad de manejo táctico y estratégico de los diversos actores que aspiran a regir los destinos del país.

No hay que perder de vista que la contradicción principal entre cambio democrático-patriótico y continuismo neoliberal no elimina las contradicciones secundarias, reacomodos y desplazamientos al interior de cada bloque. En el campo popular corresponde trabajar la más amplia unidad, construir desde las bases una correlación política, social y cultural capaz de enfrentar y vencer a la ofensiva reaccionaria. Las diferencias y contradicciones pueden y deben resolverse colocando como centro el proyecto de país y el inmediato encaramiento de los graves problemas que aquejan a la población. Si se imponen las disputas menudas por la repartija de cargos o por obtener ventajas de coyuntura, se perderá la extraordinaria oportunidad que tenemos al frente, las clases dominantes se recompondrán de alguna manera y continuarán ejerciendo su dominio por un tiempo indeterminado.

En resumen, se trata de ganarle la batalla electoral a la derecha neoliberal el próximo 6 de junio, siendo conscientes que la tarea de abrir un nuevo rumbo al país no se agota en ese acto. La confrontación mayor se librará en el proceso que se abre y que puede extenderse a lo largo del próximo quinquenio. Hay que pensar y actuar en esa perspectiva.