Por: Manuel Guerra

La “democracia” que ejercen las clases dominantes tiene como componente fundamental el veto o la exclusión a cualquier opción política, social y cultural que afecte o amenace sus intereses. Han trazado una línea divisoria para mantener al margen a los izquierdistas, comunistas, “chavistas”, “socialistas del siglo XXI”, a quienes demonizan, excomulgan, terruquean, amenazan con la hoguera. Quien quiera gobernar el Perú debe hacerlo respetando sus reglas, cautelando sus intereses, cuidándose de no incomodar al imperio del Norte.

Hugo Chávez, con su triunfo electoral en 1998, inaugura un proceso que quiebra el predominio de gobiernos de derecha como consecuencia de procesos electorales. La experiencia solitaria de Salvador Allende en Chile, en 1970, fue ahogada a sangre y fuego por el pinochetismo instrumentalizado por la CIA y con la entusiasta participación de la ultraderecha chilena. El triunfo de Chávez cobra significancia porque es una respuesta a la ofensiva neoliberal, porque demuestra que en el actual contexto de la lucha de clases es posible para la izquierda y el progresismo acceder a `posiciones de gobierno en los marcos de la democracia liberal y llevar adelante reformas en favor de las mayorías populares y en defensa de los recursos naturales y la soberanía de nuestros países.

En esa perspectiva, se obtuvieron importantes victorias en Bolivia, Ecuador, Uruguay, Brasil, Argentina y Nicaragua, lo que cambió el mapa político latinoamericano y caribeño, exacerbándose las disputas y lucha de clases al interior de los países y, a escala regional, con el imperialismo norteamericano. Sin duda alguna Fidel Castro y Hugo Chávez lideraron este proceso y fueron los artífices del importante espacio de reflexión y lucha de ideas, el Foro de Sao Paulo, a la vez que promotores de los procesos de integración soberana que tuvieron sus frutos en el ALBA, UNASUR, CELAC, el Banco del Sur, TELESUR.

Contra este proyecto histórico es que el imperialismo norteamericano y las clases dominantes nativas accionan de manera virulenta. El “chavismo” y el comunismo se han convertido en los grandes cucos que usan para atemorizar a la gente. Este es el libreto que se usa a mansalva en los diversos países, en particular durante los procesos electorales. Es la misma monserga que se ha usado, y se usa, en la actual contienda política en nuestro país.

Todo esto da cuenta de los realineamientos políticos y sociales que se están produciendo en medio de la crisis del modelo neoliberal, situación que lejos de resolverse seguirá manifestándose a lo largo de los próximos años.

Es evidente que las diversas experiencias de gobierno de la izquierda y el progresismo en América Latina y El Caribe, son procesos complejos, no rectilíneos, con avances y retrocesos, con aciertos y errores. Es legítimo y necesario criticar tal o cual error, pero nuestra crítica tiene un componente de clase, de identidad con los sectores populares y la soberanía de nuestros países; es la forma de autocomprobación que tiene como objetivo aprender, mejorar, corregir. No se nos ocurre ceder a la presión de la derecha, hacer concesiones, renegar, convertirnos en lo contrario de lo que predicamos.

Ollanta Humala, que llegó al gobierno prometiendo la gran transformación, una vez en Palacio asumió la “hoja de ruta”, renegando de sus antiguos aliados y repitiendo el coro del catecismo neoliberal, sus inevitables versículos anticomunistas, antichavistas, acunando la Biblia del neoliberalismo en el Perú, la espuria Constitución fujimorista.

La derecha tiene el poder de cooptar y doblegar para conseguir lo que no pudo a través de las urnas, sobre todo cuando el sujeto de sus manipulaciones no cuenta con la solidez y el coraje que solo pueden provenir de los principios bien puestos. Solo con el pueblo organizado y movilizado se puede impedir que se consumen los planes reaccionarios. Solo con la coherencia y consecuencia, de la mano de las grandes mayorías se puede abrir un nuevo rumbo a nuestra patria.