Por:  Alejandro Quintanilla

Nuevamente el sol golpeaba con intensidad. Al revisar el reloj nos dimos cuenta que la reunión había tardado más de la cuenta.

A nuestra izquierda, imperturbable, se alzaba la cadena montañosa de los Andes Centrales. grande, tan grande que despertaba admiración y a la vez temor a quien la viera, sobre todo a especies foráneas que de cuando en cuando se aventuraban un poco lejos de la ciudad. Esas “gentes” que en plena cuarentena, esfuerzan su memoria tratando de recordar tanta belleza y anhelando emprender nuevos viajes hacia lo “desconocido”.

La nuestra era una historia distinta. Por nuestras arterias corría sangre jaujina. El olor del campo, el frío y el despiadado sol, nos había templado desde muy “chiuchis”. A pesar de los años de ausencia y la búsqueda, por parte de nuestras familias, de alejarnos de esta belleza, la voz incesante de Jauja había ganado finalmente la guerra por nuestro destino.

Estábamos nuevamente, frente a esa mole maravillosa, llena, llenita de historia y mística. Cubierta de sus sonidos, frío y un complejo sentido de la vida sencilla y amable.

No necesitábamos más energía que las hojas verdes en los dientes, ni más calma que un buen cigarrillo en medio de los inaccesibles cruces de herradura. Entre subidas que parecían consumir todo el tiempo de la historia, un poco de caña. Ese mágico brebaje del mismito corazón de la selva jaujina, fórmula ancestral que ahuyentaba por igual la cólera, el frío o cualquier tipo de cansancio y fatiga.

– Nos quedan unas cuatro horas de caminata. Exclame algo preocupado. El rostro de ella, por otro lado, pintaba un cuadro muy distinto. 

– Toma un poco de coca y pierde cuidado, quizás al mishkypar, se te pase la preocupación.

Me habló. Era la misma tranquilidad del campo hablándome. De pronto tuve esa sensación inhóspita y extraña que llega con esa sublime idea de que la eternidad pueda sucederse al instante.

De pronto, mis sentidos viajaron al momento en que abrí los ojos, aquella mañana. El día había empezado cuando aún el sol no se asomaba en el firmamento. Habíamos pasado la noche en Aramachay, entre pellejos de carnero y el frío de mayo. Todo sin la menor energía para contar alguna historia o para si quiera hacer un balance decente de la jornada transcurrida.

Habíamos iniciado la caminata aún con las estrellas en el firmamento y un tono algo grisáceo como telón fondo en el cielo. Recordaba que Ribeyro alguna vez bautizó ese momento como la hora celeste, un chispazo fugaz que hizo que viajará por segundos a los tiempos de libros y tranquilidades pequeño burguesas.

No tomamos en cuenta la hora, las Asambleas Ronderas, entretenían en gran parte nuestros sentidos. Como en una película en blanco y negro, pasaban las imágenes por las retinas curiosas, de los que hasta ese momento éramos motejados como los “campesinistas” de la familia. Era imposible olvidar, el nivel de las intervenciones, las preguntas con la ansiedad cada vez de mayor del aprendizaje y la unidad que forjaban día con día los campesinos, desterrando momentáneamente conflictos y odios del pasado que fragmentaban sus comunidades. Como una enorme paradoja, nos habíamos odiado tanto durante tantos siglos, pobres contra pobres mientras los verdugos del miedo y el desprecio, tan sólo sonreían ante la desdicha de nuestro pasado dividido.

Todo eso hizo que perdiéramos la noción del tiempo y que la agenda tan delicadamente planificada, se extendiera. Continuamos disfrazando el cansancio y el apetitivo con la mágica hoja que recorría una y otra vez nuestra boca -como hablando un lenguaje extinto, que nos acercaba a tiempos de mística y orgullo.

El almuerzo inicio cerca de Sallahuachac, mientras comíamos las papitas, ya frías, que nos invitaron con amor en Patacancha, no pude evitar sentir un sabor a nostalgia guardada, peculiar situación que trastoca los sentidos y el alma. Recordé, por instantes apenas, los tiempos en la universidad y las constantes travesías hacia lo más recóndito de nuestra geografía, una verdadera interpelación al pasado y -¿por qué no?- a una parte del futuro posible de nuestra historia. Tantos rostros, tantas anécdotas. Recorridos eternos por nuestra propia memoria, como un juego de palabras, un trabalenguas añejo, una enredadera profana de sentires y dolores.

Espacios, con tanta nitidez para recordar, llenos de sonrisa en el rostro, pero con la misma cara de olvido, de llanto, de miseria, de la misma hambre por quinientos años contenida.  Recordé a Pedrucha, un niño de Pomatambo, una maravillosa y doliente comunidad campesina en un olvidado rincón de Ayacucho. Recordé su triste canto en un quechua hermoso. Indomable runa simi que tanto desprecio recibió en el pasado por los “dueños” de este país y que hoy, con gran ironía, parece ser tan valorado en la “ciudad de los reyes”. Recordé la letra de “Huaccha”, huérfano irremediable de los acontecimientos dolorosos que desagarraron hace no muchos años a su olvidada existencia:

“Cóndor que andas en los cerros y quebradas.

Acaso en tu Quebrada mi madre me dio a luz.

Acaso en tu Pampa mi pare me crió…

Si en tu Quebrada mi madre me dio a luz.

Si en tu Pampa mi padre me crió.

No sería para caminar llorando mucho.

No sería para andar sufriendo mucho.

Buscate, buscate otro que llore como tu.

Yo ya te acompa a llorar mucho.

Yo ya te acompañe a sufrir mucho”.

El rostro se me empaño de pronto. El cigarro se había extinguido y la coca, ya sin cal, ofrecía su amargura inconmensurable. Balbucee el canto, en silencio, como un reclamo, como un instante de furia, como una lenta procesión mortuoria sin principio ni final. Me miró y como leyéndome el alma, dijo:

– Apura, de cualquier forma si nos demoramos, nunca podremos ver el final de todo esto ¿No?

Su voz devolvió la calma al universo. El sol, los pájaros, la lluvia, todo estaba de nuevo ahí y esperando lo que podría suceder. Me puse de pie y como rezando un viejo juramento, abrí nuevamente la mirada y miré el largo camino que faltaba recorrer.