EL EFECTO SUSANA

Por: Manuel Guerra

Como era previsible, el caso Susana Villarán está siendo aprovechado políticamente por la derecha corrupta y moralmente descompuesta para lanzar una ofensiva en toda regla, queriendo convencer que la izquierda y el progresismo son de su misma calaña. La andanada mediática que acciona en programas de radio y TV, periódicos y redes sociales se ha dedicado a machacar que todos somos corruptos y que nadie tiene autoridad moral para juzgar y condenar a los avezados delincuentes que han sido sobornados por las grandes empresas y que han hecho del Estado su botín.

Esta estrategia de meter en un mismo saco a tirios y troyanos no es nueva. Ya sucedió cuando se proclamó que la izquierda y al movimiento popular eran lo mismo que Sendero Luminoso, acusación que sirvió de pretexto para demonizarlos, perseguirlos y reprimirlos, ocultando que la izquierda y el movimiento popular se enfrentaron y combatieron siempre a Sendero en las bases, y que ello tuvo como consecuencia que numerosos militantes izquierdistas y dirigentes sociales fueran asesinados por ese grupo desquiciado.  

La descomposición moral que vive actualmente el país es hechura del neoliberalismo que convirtió al Estado en subsidiario del mercado e impuso una cultura y valores sustentados en el pragmatismo, el individualismo, el utilitarismo, donde el fin justifica los medios. Es normal que esta ideología, termine por contaminar a ciertos elementos de la izquierda y del movimiento social, y que determinados de sus miembros terminen enlodados, traicionando sus principios y mellando la lucha por la regeneración moral en que estamos empeñados.

La gran diferencia reside que la derecha es corrupta por naturaleza, convive con la corrupción, sus más conspicuos representantes empresariales y políticos se mueven en esa miasma; es parte de su modus operandi, la apaña, justifica y hace todo lo posible por proteger y tender un manto de impunidad a los grandes delincuentes. El caso de Alan García, el fujimorismo y la banda de Los cuellos blancos defendidos a mansalva por sus partidarios en el Parlamento es solo una muestra de ello.

La izquierda, en cambio, condena, deslinda y expulsa de sus filas a quienes incurren en esos delitos (tal es el caso de Susana Villarán, quien debe ser juzgada y condenada como cualquier otro corrupto); asume la batalla contra la corrupción e impunidad y por la regeneración moral del país como parte indesligable del combate al neoliberalismo en sus expresiones económicas, políticas, sociales y culturales. En el pueblo peruano descansan las reservas morales para salir airosos y abrir un nuevo rumbo a nuestra patria, y le corresponde a la izquierda, junto a los sectores democráticos y patrióticos, liderar ese proceso.

No permitamos que prospera la labor corrosiva derechista que usando el caso de Susana Villarán se propone deslegitimar la lucha contra la corrupción.