Por: Arturo Ayala del Río

“En el Perú se siente desde hace algún tiempo una corriente, cada día más vigorosa y definida, de renovación. A los fautores de esta renovación se les llama vanguardistas, socialistas, revolucionarios, etc. La historia no los ha bautizado definitivamente todavía. Existen entre ellos algunas discrepancias formales, algunas diferencias psicológicas. Pero por encima de lo que los diferencia, todos estos espíritus ponen lo que los aproxima y mancomuna: su voluntad de crear un Perú nuevo dentro del mundo nuevo”. José Carlos Mariátegui.

No hay nada más opuesto a las ideas revolucionarias que lo rutinario, estático y conservador. El propio marxismo irrumpe frente a las viejas ideas feudales y las ilusiones de la burguesía emergente. Su dialéctica materialista demostró que las sociedades podían ser transformadas y que no existe un poder supra humano que justifique las jerarquías sociales, lo cual había sido la base cultural e ideológica de la monarquía; que las diferencias de clase, capital y poder no eran causa de la buena o mala fortuna, sino condiciones que pueden explicarse y subvertirse a partir de diversos elementos sociales, políticos, culturales y económicos. El marxismo fue, entonces, un elemento de renovación política y académica de la clase trabajadora y dio dirección a sus inquietudes, superando al anarquismo como horizonte.

Entendemos la renovación, desde el marxismo, como un proceso organizativo, ideológico, político y cultural de ruptura y continuidad permanente en el cual se debe responder con audacia y acierto a cada realidad específica y momento histórico para avanzar en nuestros objetivos de transformación social. No reducimos la idea de renovación a personas, ni a edades, ni tampoco a las ideas “de moda”[1]. Es un proceso integral.

Se renuevan las formas de dominación burguesa y las formas de acumulación de capital, de la misma manera deben renovarse nuestras formas de resistencia y organización. Un partido ajeno a la realidad, que niegue las transformaciones que vive nuestra sociedad, encerrado en el dogmatismo, no es un Partido Comunista. Nuestra construcción del socialismo, como decía el Amauta, debe ser “creación heroica”.

El lema que guio el proceso de nuestro IX Congreso Nacional fue acertado: “Un Partido renovado para una Nueva República”. Queremos un partido de amplia convocatoria, que use los espacios abiertos por el avance de la tecnología en comunicaciones y que, a través de la línea de masas, sepa incorporar la voluntad, iniciativa y esperanza de millones de peruanos y peruanas excluidas por el modelo imperante. Un partido fuerte, con amplia base social y firmeza ideológica, que recoja con audacia las luchas históricas de los trabajadores y las nuevas reivindicaciones sociales, es nuestro principal aporte a la unidad de las izquierdas y el campo popular.

Es innegable en estos últimos años que los comunistas hemos dado muestras importantes de nuestra voluntad de renovación. Debemos afirmar ese camino, siempre acordes con nuestros principios y objetivos revolucionarios. Renovarnos no va a ser un proceso fácil, va a requerir un examen profundo y sincero de nuestras limitaciones y está ligado estrechamente al proceso de reordenamiento que hemos empezado.

Nuestro Partido se acerca al bicentenario con toda la certeza de que estaremos a la altura del momento histórico para lograr las transformaciones que nuestro pueblo reclama. Renovarnos las y los militantes, para renovar al Partido y así avanzar hacia la conquista de “un Perú nuevo y mundo nuevo.”


[1] “El libre pensador a ultranza, se condena generalmente a la más estrecha de las servidumbres: su especulación voltejea a una velocidad loca pero inútil en torno a un punto fijo.” (Mariátegui, 1934).