Por: Manuel Guerra

El año que termina ha sido desastroso para los peruanos y peruanas. Decenas de miles de familias han sufrido la tragedia de perder a sus seres queridos, millones de personas han perdido el trabajo, mientras que aquellos que cuentan con algún empleo, lo hacen sintiendo la incertidumbre y la amenaza del despido, obligados a laborar en condiciones de sobreexplotación, con salarios miserables, sin derecho laboral alguno.

Gran parte de la juventud ha visto truncados sus estudios, se ha incrementado la pobreza y pobreza extrema, se ha profundizado el abandono que afecta a los pequeños y medianos agricultores. La corrupción y la criminalidad actúan con impunidad y la población permanece indefensa frente a los feminicidios, los asaltos, los asesinatos.

La descomposición del Estado y la sociedad se profundiza, generando crisis políticas e inestabilidad. Mientras corruptos, golpistas, logreros, se disputan cuotas de poder y accionan para tener impunidad, el país se hunde en la anomia y las grandes mayorías están desamparadas. La crisis económica golpeará con mayor fuerza a las familias, sin que nada indique que habrá una pronta recuperación.

El Perú es uno de los países con mayores niveles de contagio y mortandad a causa de la pandemia y se anuncia una segunda ola. Sin embargo, será de los últimos en recibir las vacunas. Todo por ineficiencia del Estado, por irresponsabilidad de los gobernantes, del Ejecutivo y el Parlamento, que ahora se culpan el uno al otro. Parece que estamos condenados a sufrir indefinidamente esta situación.

Pero no es así. No perdamos la fe y la esperanza. El Perú tiene suficientes reservas humanas, morales y materiales para salir adelante. Si estamos como estamos no es a causa de la población, sino de las clases dominantes que han gobernado de espaldas al país y a su gente. Son un puñado de corruptos y apátridas los grandes responsables del atraso en que vivimos, los que recurren al engaño, a la manipulación mediática o a la represión para mantener sus privilegios.

La grandiosa protesta popular, con protagonismo juvenil que derrotó al golpismo ultraderechista encabezado por Manuel Merino, es un indicativo que el pueblo está dispuesto a emprender la lucha democrática, a exigir que se cambien las reglas de juego, a cuestionar la espuria Constitución fujimorista.

Los trabajadores, como el caso del proletariado agroindustrial, se levantan para exigir mejores condiciones de laborales y salarios dignos; los pequeños y medianos agricultores se movilizan en defensa del agua, del medio ambiente, de la soberanía alimentaria; los movimientos barriales se organizan, los colectivos juveniles, feministas, culturales, se van sumando a la protesta y a la acción por abrir un nuevo rumbo a nuestra patria. A todos ellos nuestro homenaje, respaldo y solidaridad.

Esto es alentador, pues solo la acción multitudinaria del pueblo que se sacude de la apatía, indiferencia o inactividad, puede sacar al país del atolladero al que lo han conducido las clases dominantes.

Ahora es la oportunidad para el cambio verdadero. Pocas veces como hoy las clases dominantes exponen su verdadera naturaleza, muestran sus debilidades, están tan desprestigiadas. Las elecciones presidenciales de abril próximo se convertirán en el principal campo de batalla entre el continuismo de este modelo explotador, entreguista y corrupto, o el cambio democrático, patriótico, de regeneración moral.

No nos equivoquemos. Los intereses de la patria y del pueblo están representados por la coalición de Juntos por el Perú con la candidatura presidencial de Verónika Mendoza. La derecha está asustada con el crecimiento de esta opción y mientras más asustada, mayor será su agresividad, mayor su campaña de mentiras y calumnias. Hay que mantenerse firmes para detener y derrotar esta ofensiva reaccionaria.

Esta es la oportunidad para voltear la tortilla. De todos nosotros, los que aspiramos al cambio verdadero, depende de que se haga realidad. Atrevámonos a cambiar la historia de este país. Hagamos del 2021 el año de la esperanza y del triunfo popular.

Otro Perú es posible, unidos podemos lograrlo.