EDUCACIÓN PARA LA REGENERACIÓN MORAL Y LA CULTURA DEMOCRÁTICA

Por: Francisco Guerra

La corrupción es un mal que se ha vuelto endémico en la sociedad moderna, y el modelo neoliberal, que debilitó las instituciones y  exacerbó el pragmatismo individualista,  al acrecentarla ad infinitum también ha puesto en evidencia los límites difusos a los que pueden llegar las personas y los “sistemas políticos”. Lo cierto es que a nivel global los niveles de control político y de autocontrol personal están muy precarizados en la sociedad actual. Lo que se ha impuesto es la lógica del lucro desmedido de este modelo, que lo deshumaniza todo, y  que ha copado a los diferentes estratos sociales y a los diferentes niveles del Estado convirtiéndolos en su botín. Sin embargo, es justo reconocer que esta permeabilidad a estos antivalores también se explica por el debilitamiento y la crisis de los discursos y utopías sociales, los cuales trataban de  encarnar una propuesta ética.

Lo que ha ocurrido en nuestro país en las últimas semanas, incluido el indulto negociado, así como los actos desesperados del neofujimorismo por traerse abajo al Tribunal Constitucional y al fiscal de la Nación, todos estos actos están orientados por una misma vocación: ¡la impunidad completa! Pero también expresa la indigencia en la que se debate nuestra institucionalidad democrática, donde los asuntos públicos se manejan como si fueran arreglo de negocios entre facciones mafiosas. Es el triunfo del pragmatismo sobre el ideal.

A estas alturas no deben caber dudas de que un proyecto político de izquierda debe ser, sobre todo, la encarnación de un proyecto ético, debe ser la superación cualitativa del modelo neoliberal, del cual siempre hemos tomado distancia; pero al mismo tiempo, este proyecto político debe tener en el quehacer educativo un pilar fundamental: la construcción del Hombre nuevo o del ciudadano consciente, como queramos llamarlo. Esta tarea en estas circunstancias, es impostergable.

Sin embargo, a pesar de que se repite machaconamente que la Educación debe cumplir un papel central en la formación ética de las personas y en la generación de una cultura democrática, podemos darnos cuenta que hay una profunda brecha entre el discurso y los resultados concretos. En estos momentos de crisis moral y política el papel que debería cumplir la Educación es ayudar a despertar la conciencia en los alumnos y la sociedad acerca del impacto nefasto que tiene la corrupción, tanto para nuestro futuro como personas, como para la posibilidad de hacer de nuestro país una República de auténtica democracia, donde el ejercicio del quehacer público debe estar firmemente basado en principios éticos.

Por ello, debemos insistir en que una Educación que no afirme, como un aspecto principal de su preocupación, los problemas mencionados, lo único que va a lograr es tener alumnos con mucha meritocracia individualista para ser “exitosos” en un desigual mercado laboral, pero ajenos, indiferentes, a estos graves problemas que aquejan a nuestra patria. Después de más de 20 años de implementación, a pie juntillas, de enfoques y modelos educativos promovidos muchos de ellos por el Banco Mundial, con un enfoque centralmente tecnocrático, los resultados están a la vista: sociedades e individuos con un ejercicio de la ciudadanía seriamente debilitado.

Hemos afirmado anteriormente que la calidad de los aprendizajes no se mide únicamente en función del desarrollo de las capacidades individuales, sino en la medida que se construyan perfiles de alumnos que se comprometan en la construcción de sociedades justas y democráticas. Por ello, uno de los espacios fundamentales de la regeneración moral debe ser la escuela, y en este trajinar les compete a los docentes cumplir un papel de suma importancia. Sin embargo, tampoco se trata de realizar invocaciones idealistas sobre el papel de la educación, ya que ella también tiene sus propias limitaciones. Junto a ello debemos luchar por sociedades más justas, igualitarias y tolerantes, que deben estar basadas en la justicia social; es decir, en donde los sectores más desfavorecidos cuenten con oportunidades de desarrollo que respeten su dignidad, en que los políticos no hagan uso interesado de sus dificultades. Solo en un país y sociedad donde se hayan generado las condiciones básicas de desarrollo para todos sus habitantes se puede construir una sociedad más equitativa. La lucha contra la corrupción y por una sociedad más democrática significa también  desterrar la pobreza y la discriminación, las desigualdades.

El SUTEP, que viene participando activamente en las marchas contra la corrupción,  debe orientar a los docentes para que en su planificación curricular incorporen temas y contenidos sobre la importancia de los valores éticos, de la integridad, la honestidad y la transparencia. Se hace necesario organizar Foros y Mesas Redondas para analizar el papel de la Educación en este empeño. Asimismo, convocar a una Jornada Pedagógica Nacional sobre la Regeneración Moral podría ser una buena manera de iniciar el Año Escolar este 2018.

Finalmente, el régimen político y económico que emergió de la Constitución fujimorista del 2003 está expresando su fracaso. Se hace necesario crear un nuevo contrato social, mediante una nueva Constitución, donde el rol de la Educación debe ser un eje principal. Es necesario que expliquemos, ahora que estamos tan cerca del Bicentenario, que lo que está en juego es el futuro de nuestro país: o bien se impone una salida negociada desde la derecha, que imponga la impunidad desde el autoritarismo; o bien se abre paso a una salida de regeneración moral y de fortalecimiento de la precaria institucionalidad democrática. La condición de concretizar esta última es que los sectores sociales mantengan una activa y creciente movilización, y donde los partidos de la izquierda sean el soporte político principal.