Por: Manuel Guerra

Uno de los efectos de mayor connotación política que ha acarreado la pandemia del COVID-19 es que ha desnudado al modelo neoliberal, haciendo visible sus vergüenzas, evidente su naturaleza expoliadora, excluyente, antidemocrática, usurera, corrupta. El clamoroso abandono de la salud pública, su conversión de un derecho ciudadano que el Estado debe garantizar, a un lucrativo negocio favorable a las clínicas privadas, laboratorios e industria farmacéutica, es el resultado de una política consciente, planificada y llevada a cabo por el modelo, que tiene en la Constitución fujimorista de 1993 su herramienta fundamental.

Otro tanto pasa con el manejo económico, la política laboral, la Educación, las ventajas tributarias que gozan las grandes empresas, la política agraria, la agresión a las comunidades campesinas y pueblos originarios. Las consecuencias de todo ello es la concentración de la riqueza en pocas manos, el atraso del país, las grandes mayorías arrojadas al abandono, el hambre, el desempleo, la marginación, pagando los platos rotos causados por la crisis.

Treinta años de neoliberalismo, de un modelo fracasado, que hace agua después del festín y del saqueo, de la corruptela y la descomposición, de la perversión de políticos, empresarios, jueces y fiscales, periodistas y opinólogos, gobernadores y alcaldes, parlamentarios y ministros, jefes de Estado que se pusieron la banda presidencial pensando que ello les daba impunidad para cometer sus latrocinios.

Pero ahora que el barco encalla, la derecha neoliberal se apresura a jugar al escondite, a la práctica de malabares, al baile de las máscaras. Resulta que las graves consecuencias de la pandemia, el fracaso económico, la profunda crisis que vive el país serían ya no resultado del modelo, ni responsabilidad de las clases dominantes, sino del populismo y el izquierdismo. Para empaquetar esta narrativa tienen el cinismo de meter en este saco a los gobiernos de Toledo, Ollanta Humala y Vizcarra, pretendiendo que olvidemos que todos ellos no hicieron otra cosa que aplicar a pie juntillas el recetario neoliberal, favorecer a los grupos económicos representados por la Confiep, subordinarse a los dictados del imperialismo norteamericano.

Que entre la derecha bruta y achorada y otros sectores de las clases dominantes que se reputan de liberales existan contradicciones secundarias y se peleen por cuotas de poder, por intereses económicos, o por quién se coloca al frente de la gestión del modelo, y que en este fuego cruzado apelen a los golpes bajos, a los audios, denuncias judiciales, se acusen mutuamente de corruptos y los unos digan que los otros son populistas, izquierdistas y hasta comunistas, son usos y costumbres de la decadente politiquería criolla, líos en la vieja quinta del neoliberalismo. El objetivo de fondo es cargarle la responsabilidad de los fracasos a la izquierda.

Animados por las encuestas, según las cuales el electorado peruano en la actualidad optaría por una opción de centro, determinados sectores políticos se apresuran a ocupar este espacio, pretendiendo diluirse en la ambigüedad de no ser de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario. Hernando de Soto y el Partido Morado, uno más a la derecha y otro más a la izquierda, se aprestan a disputar este escenario. El primero marcando distancias del discurso neoliberal y apropiándose demagógicamente de banderas de la izquierda; el segundo, haciendo guiños a la izquierda, atrayendo a algunos personajes vinculados a este campo, marcando distancias de las propuestas centrales de la izquierda que considera irresponsables, pretendiendo amoldarse a una salida que no ponga en riesgo el satus quo.

Existe una fórmula para definir la línea divisoria entre qué sectores están a la derecha y qué sectores están a la izquierda del espectro político en la actualidad: Su posición frente al modelo neoliberal y a la Constitución fujimorista que le da sustento. La derecha, en todos sus rostros y matices, está unida por ese cordón umbilical y, más allá de sus líos intestinos, terminará pateando para el mismo lado. Los sectores provenientes de la izquierda, que se acercan a la derecha arropados de “centrismo”, tendrán que pasar por este aro de fuego, aunque pretendan lo contrario, aunque se les ocurra inventar términos como el “centrismo radical”, con el que algunos quieren desdibujar su pasado izquierdista.

Para los sectores de izquierda, la salida a la crisis tiene un sello rupturista, que implica la recusación y superación del modelo neoliberal, una nueva Constitución y el paso a una nueva república. Representan cambios que deben producirse no solo en la correlación política, sino fundamentalmente en la correlación de clase, es decir la apuesta por que sean las clases y sectores populares los que tomen en sus manos las riendas del país, gobiernen con y para el pueblo, conduzcan a la nación a una salida democrática, patriótica, de regeneración moral a la crisis que padecemos.

Estas son las banderas centrales de la izquierda en el presente. Para abrir ese nuevo rumbo se requiere construir el sujeto histórico capaz de llevar adelante esta colosal tarea, asunto que se resolverá no únicamente en el escenario electoral, sino también en el protagonismo del movimiento popular, la lucha de ideas, las comunicaciones, la acción múltiple de la diversidad que somos. Estamos ante esa oportunidad, la lucha va a ser cruenta y debemos resistir la ofensiva derechista que ya se ha puesto en marcha para alejarnos de la población propalando mentiras y calumnias, pretendiendo romper nuestras alianzas, impedir nuestra unidad, mantenernos marginados del escenario político. Si no lo logra, siempre tendrá a mano lo que mejor sabe hacer: poner en marcha el autoritarismo, la represión abierta, el terror, la persecución y la muerte de quienes amenazan sus intereses.