DEFENSA DE LA IZQUIERDA MARXISTA

Por: Manuel Guerra

En consonancia con los grandes cambios que vive la humanidad, el reordenamiento de fuerzas a escala global, la crisis del capitalismo y su modelo más salvaje, el neoliberalismo, se agudiza la lucha de clases, y con ello el recrudecimiento de la ofensiva reaccionaria en contra de la izquierda, el socialismo y, particularmente, contra el pensamiento marxista y los partidos comunistas.

Esta ofensiva que cobró fuerza con el derrumbe de la ex URSS y los países de Europa del Este que orbitaban en torno a ella, pretendió colocar al marxismo y a los partidos comunistas en el museo de la prehistoria, una suerte de dinosaurios que no calzaban con la modernidad y el progreso, incapaces de entender y practicar la democracia, las nuevas demandas sociales, los cambios operados por la revolución científica y tecnológica.

Que la derecha neoliberal, conservadora, fascista o neofascista se embarque en esta ofensiva, es natural y no podríamos esperar otra conducta de quienes se empecinan en mantener sus privilegios; es sabido que la agresividad de las clases dominantes se multiplica cuando sientes que el piso se les mueve.

Más difícil es lidiar con aquellos sectores de determinada izquierda alimentada por las tesis del posmodernismo que, asimismo, enfilan contra el marxismo y los partidos comunistas usando los mismos argumentos del arsenal ideológico neoliberal. Tomando la “modernidad” como bandera postulan la caducidad del marxismo, invalidan su concepción y métodos para conocer la realidad, recusan al socialismo y califican de anacrónicos a los partidos comunistas. Señalan que con las herramientas del marxismo no se pueden entender temas como la democracia, la ecología, el feminismo o los derechos humanos.

La vitalidad del marxismo consiste que toma la realidad como punto de partida y a los fenómenos en permanente cambio. Se trata, por tanto, de una teoría abierta, susceptible de ser enriquecida, aportada, modificada o corregida a la luz de los cambios que se operan en la realidad. Eso lo entendió bien Mariátegui, a quien no se le ocurrió recusar al marxismo en aras de una supuesta originalidad histórica o geográfica, sino asimilarlo para dar respuesta a los problemas peculiares de la sociedad peruana. La izquierda y el pensamiento socialista peruano tienen en el Amauta a su gran mentor.

Otra cosa es entender el marxismo como teoría cerrada, como un catecismo al que hay que rendirle culto y repetir como los versículos de la Biblia. Lo tramposo de la “izquierda moderna” es que so pretexto de combatir a esta versión cerrada y anquilosada, se pretenda dar certificado de caducidad al marxismo científico y a los partidos que se sustentan en esta doctrina.

No hay que olvidar que durante el siglo XX los comunistas fueron los que estuvieron a la cabeza de la lucha por los derechos de los trabajadores, de los grandes movimientos campesinos, de la defensa de la democracia enfrentándose a dictaduras de todo pelaje; que las mujeres comunistas protagonizaron la lucha feminista abordándola desde un punto de vista de género y de clase; que los comunistas protagonizaron revoluciones que le cambiaron la faz al mundo; que un comunista, Fidel Castro, fue uno de los que con mayor lucidez y fuerza advirtió sobre el desastre ecológico planetario al que está conduciendo el capitalismo.

Entrado el siglo XXI los comunistas tenemos el enorme reto de entender y dar respuesta a los gigantescos cambios que se están produciendo en el planeta y en nuestro país; como buenos marxistas debemos de enriquecer nuestra teoría y programa, renovar nuestros métodos, formas de trabajo y hasta nuestro lenguaje. Pero renovarse no significa abandonar los principios, ni cambiar hasta convertirnos en otra cosa: en una izquierda instrumental al sistema, que critica superficialmente al capitalismo, no lo cuestiona de fondo, ni menos asume el socialismo como alternativa.