Por: Manuel Guerra

Las grandes crisis tienen la virtud de develar la verdadera naturaleza de las personas, instituciones, estados. En la lucha por la supervivencia se pone de manifiesto o bien el egoísmo o bien la solidaridad; en unos afloran los instintos primitivos, en otros los valores que encarnan el proceso civilizatorio. El ser humano tiene una naturaleza contradictoria, en lo profundo de su personalidad, de su memoria genética, existe una permanente tensión entre civilización y barbarie.

La lucha de clases es una lucha civilizatoria. Es sabido que en las sociedades humanas, desde que en su seno se produjeron diferenciaciones de clase, el proceso histórico del ser humano ha estado signado por el enfrentamiento entre dominados y dominantes, donde los primeros han representado el factor de avanzada, de liberación, de lucha por los derechos, por la igualdad, por que el ser humano sea realmente humano; en tanto que los segundos han sido el factor conservador, retardatario, reaccionario, inhumano, que han usado el miedo como el arma más efectiva para lograr el sometimiento.

Esta situación se expresa con nitidez en la presente crisis originada por el coronavirus.  Mientras China y Cuba, países socialistas, se colocan a la vanguardia de la lucha contra la epidemia, evidenciando la naturaleza solidaria, humanista, de ayuda incondicional a los países afectados, el imperialismo norteamericano y el poder mediático que controla, se dedican a aterrorizar al mundo, a pretender responsabilizar a China por la epidemia, cuando cada vez hay mayores evidencias que el virus es una creación de laboratorio y que fue sembrado en el país asiático por el Ejército norteamericano. Mientras grandes conglomerados humanos viven en el desamparo y la marginalidad, la industria farmacéutica capitalista se apresta a hacer grandes negocios con esta calamidad. Igual sucede con los desastres naturales, con los efectos de las guerras. El capitalismo es inhumano por naturaleza, el lucro es su razón de ser, lo que le da vida, por lo que vive y por lo que mata.

Esta lógica se ha impuesto en muchos sectores de la población. Con la imposición del neoliberalismo se promovieron el individualismo extremo, el pragmatismo, el egoísmo, la ley del más fuerte; se destruyó gran parte del tejido social y las acciones solidarias, de cooperación, de ayuda, fueron relegadas y hasta condenadas. Muchos creen que la superación y el éxito, así como la sobrevivencia es un acto estrictamente personal y, por tanto, para conseguirlo, hay que arrasar como rinocerontes contra todo lo que se ponga por delante. El acaparamiento irracional que se ve estos días es muestra de ello.

En la actualidad la única opción civilizatoria capaz de superar a la barbarie capitalista es el socialismo y los valores que encarna. A diferencia del capitalismo, el socialismo coloca al ser humano en armonía con su medio ambiente, en el centro de sus preocupaciones; consciente que son las masas las que hacen la historia, hace del colectivismo, la cooperación, el servicio a los demás, sus valores rectores. El socialismo promueve ciudadanos con bienestar y derechos; el capitalismo hordas de individuos sin conciencia ni responsabilidad para los otros.