Por: Manuel Guerra

La fulminante y letal expansión del COVID-19 en el mundo entero, está provocando cambios de gran magnitud, inimaginables cuatro meses atrás. Diversos analistas coinciden que ya nada será como era antes, que la epidemia está acelerando procesos que transformarán dramáticamente nuestra existencia, que tienen que ver con el dominio de la revolución científica y tecnológica, la digitalización, la inteligencia artificial en los diversos ámbitos de la actividad humana; el reordenamiento económico y político global en el que se patentiza el declive histórico del imperialismo norteamericano, el ascenso de China a primera potencia mundial, el poderío de Rusia, el papel cada vez más importante de la India, la incidencia de otras economías asiáticas, todo lo cual afirma un escenario de multilateralidad en medio de tensiones y disputas de diversa intensidad.

Uno de los aspectos centrales en el combate mundial al coronavirus tiene que ver con el abandono de facto del recetario neoliberal en lo que concierne al papel del Estado. La epidemia ha puesto en evidencia que desde la esfera privada es imposible combatir a este flagelo, y los partidarios del Estado mínimo de ayer, hoy vuelven los ojos a lo público, se acuerdan del sistema de salud pública, destinan cuantiosos recursos a la compra de medicamentos, a la infraestructura, a los subsidios y el salvataje de empresas.

 La dificultad estriba en que los países que durante 40 años se alinearon con el modelo, se dedicaron a castrarle al Estado su rol de ordenador de la economía y garante de los derechos ciudadanos, entre ellos el derecho a contar son sistemas públicos de salud y educación de calidad. Haber abandonado la salud pública para favorecer su privatización y convertir un derecho humano en un negocio está teniendo consecuencias nefastas en muchos países, incluyendo Estados Unidos, considerado hoy el epicentro mundial del contagio del COVID-19.

Otro tanto sucede con la matriz económica que se construyó bajo el neoliberalismo y que en países como el nuestro ha significado la destrucción del aparato productivo, el privilegio a las actividades extractivas, el abandono del campo para favorecer a los grandes emporios agroindustriales, la política usurera que domina al sector financiero, el crecimiento de la informalidad en la que se mueve el mayor porcentaje de la PEA. El correlato de esto es una gran masa de trabajadores sobreexplotados, sin derechos, una legión de sub empleados y desempleados, la crisis agraria, el ahondamiento brutal de la desigualdad social. En estas condiciones, donde muchísima gente vive de lo que gana al día y grandes sectores no cuentan con los servicios básicos de agua y desagüe, es muy complicado cumplir el aislamiento social y respetar las recomendaciones sanitarias.

Y si vamos por el lado de la cultura y valores impuestos por el neoliberalismo, vale decir el individualismo, el egoísmo, el pragmatismo, también resulta evidente que esta mentalidad es un obstáculo, allí donde se requiere, como en el presente, solidaridad, cooperación, fortaleza del tejido social.

Por ello, a la pregunta: Después del coronavirus, ¿qué?, debemos plantear sin titubeos el abandono del modelo neoliberal, abrir paso a un país que señale las grandes matrices de su desarrollo a través de un proyecto nacional, que se supere la base primario exportadora aprovechando nuestro potencial y colocando a la economía, en armonía con el medio ambiente, al servicio de la gente, que se considere a la salud y educación públicas, gratuitas y de calidad como derechos inalienables de los peruanos, que se lleve a cabo la diversificación productiva con empleo digno, que se plasme la integración nacional, la descentralización, se ponga en práctica una verdadera democracia, no solo representativa, sino también participativa de las mayorías organizadas. Todo ello nos coloca ante el reto de refundar la república sobre la base de una nueva Constitución. No existe otro modo de darle partida de defunción al modelo neoliberal.

Ciertamente que esto no es lo que se proponen las clases dominantes, cuya gran preocupación es cómo preservar sus privilegios. Si, urgidos por los efectos de la epidemia, proponen algún cambio, será para que nada cambie, tratarán de ponerle otro empaque a su producto y, si las cosas se complican, tendrán lista la salida autoritaria, usando la emergencia como el gran pretexto.

Es evidente que en el presente hay que cerrar filas para evitar el desborde de la epidemia y conjurar consecuencias fatales que se cebarán sobre los más pobres; hay que llamar a la solidaridad, respetar el aislamiento social, la cuarentena, el toque de queda y todas las medidas sanitarias que se vienen recomendando. También es necesario contar con un plan económico y de empleo para estas circunstancias especiales, donde hay que aunar esfuerzos de los más amplios sectores, incluyendo el empresariado nacional. Pero ello no debe impedir que sigamos defendiendo los derechos democráticos, la situación de los trabajadores y las grandes mayorías. Tampoco exigir el cambio drástico de lo que ha regido hasta el presente; el Perú pos neoliberal se pone a la orden del día.  

Las condiciones son excepcionalmente favorables para abrir un nuevo rumbo al país; todo va a depender de la correlación de fuerzas que se construya desde hoy. En este propósito no sirven ni el sectarismo que nos aísla, ni la conciliación que nos quita identidad e impide la acumulación de fuerzas necesaria para el gran cambio que requiere nuestra patria.