AY, SUSANA

Por: Manuel Guerra

El 2010 fue un año en el que, después de una saga de fracasos y sinsabores, renacieron las ilusiones y esperanzas del pueblo izquierdista. Para sorpresa de propios y extraños, Susana Villarán, candidata a la alcaldía de Lima respaldada por el Movimiento Nueva Izquierda, Tierra y Libertad y Lima Para Todos, en determinado tramo de la campaña empezó a subir en la intención de voto, y en poco tiempo se afirmó esa tendencia que finalmente reeditó el histórico triunfo de Alfonso Barrantes Lingán 27 años antes al frente de Izquierda Unida.

La campaña, que había sido dura y franciscana, se vio beneficiada por la tacha contra Alex Kuori y por los errores de Lourdes Flores, candidatos ambos de la derecha neoliberal. La decencia, la ética y la honestidad fueron los factores que diferenciaron a Susana Villarán de sus rivales y que entusiasmaron al electorado.

El peso de la campaña recayó sobre los militantes y activistas de la izquierda y el progresismo que, con entusiasmo e iniciativa, realizaron un intenso trabajo unitario de bases, olvidando, o pasando por alto, que unos años antes, en el proceso electoral presidencial y parlamentario del 2006, Susana Villarán mediante un ucase desde Madrid desconoció los acuerdos a los que habían llegado los dirigentes de su partido con otras organizaciones de izquierda para presentar una fórmula unitaria, lo que contribuyó a la fragmentación y debilidad de este sector en dicha contienda.

La gestión de Villarán al frente de la alcaldía se vio entorpecida desde un inicio por la campaña implacable de difamación y desprestigio que puso en marcha la derecha más retrógrada encabezada por el fujimorismo y el Apra. Con un aplastante soporte mediático la tildaron de vaga e ineficiente y sacaron provecho de algunas políticas puestas en marcha por la alcaldesa sobre temas de género y la comunidad LGTB; campaña que contó con la activa participación del sector conservador del clero, comandado por el ex cardenal Cipriani. En el 2012 Luis Castañeda Lossio y Marco Tulio Gutierrez iniciaron la recolección de firmas para convocar a un referéndum revocatorio, el mismo que se llevó a cabo al año siguiente y que, si bien ratificó a Susana Villarán en el cargo, provocó la pérdida de la casi totalidad de sus regidores.

Uno de los mayores errores de Susana Villarán como alcaldesa de Lima fue no hacer política de cara a la gente para consolidar la base social que la había llevado al triunfo, lo que le hubiera permitido contrarrestar esa campaña infame. Prefirió quedarse en lo administrativo, con el agravante que optó por una gestión reducida a sus allegados e incondicionales, menoscabando la participación, los aportes y las críticas de las fuerzas políticas que la acompañaban.

Así las cosas, en algún momento debió pensar que el fin justificaba los medios y cruzó el Rubicón, aceptando el dinero de Odebrecht para financiar la campaña por el NO a la revocatoria. Esta decisión, como otras tantas, no la consultó ni comunicó a sus aliados de la izquierda; en ese contexto, al interior del bloque se desarrollaron dos campañas paralelas: Una, la de Susana, con ingentes recursos y expertos en el marketing político; la otra, la que desarrollaron los partidos, quienes, como habían hecho antes, se basaron en sus propios medios y la acción sacrificada de sus militantes.    

Ahora se conocen los pormenores de la acción delictiva en la que se embarcó Susana Villarán. La diferencia de la izquierda con la derecha corrupta es que aquella no justifica, ni blinda, ni defiende, ni glorifica si alguien de los suyos traiciona a sus principios e incurre en el delito de corrupción o cualquier otro. El Perú necesita fuerzas morales que pongan los intereses del pueblo y de la patria por delante, de organizaciones y liderazgos que asuman la ética como parte indisoluble de la política. Susana Villarán merece el mismo tratamiento que la Ley dispone para los corruptos; por parte de la izquierda, el deslinde y la condena moral que se reserva a los traidores.