Por: Manuel Guerra

Chile, el buque insignia del neoliberalismo en América Latina, fue presentado por mucho tiempo como el modelo exitoso a seguir, el ejemplo que los epígonos del libre mercado usaban para legitimar al pinochetismo sanguinario, para justificar el aplastamiento salvaje de lo que denominaban el descalabro socialista de Salvador Allende. El relato construido pretendía convencer que para alcanzar el paraíso neoliberal bien había valido la pena usar la mano dura, bombardear La Moneda, asesinar al presidente, a Víctor Jara, a Pablo Neruda y a más de 30,000 personas, la mayoría de ellas previamente torturadas, arrojar a más de 200,000 chilenos al exilio; limpiar al país de comunistas, socialistas, izquierdistas, luchadores sociales, y revoltosos de todo tipo.

Los procesos que se implementaron para imponer el neoliberalismo en el resto de países latinoamericanos si bien tuvieron sus particularidades, en todos ellos fue necesario derrotar a la izquierda y al movimiento popular, destruir el tejido social y desplegar una brutal ofensiva ideológica para convencer que el socialismo había pasado a la prehistoria y en su lugar imponer el pensamiento pragmático, individualista, egoísta y consumista, propósito en el que los grandes medios de comunicación jugaron un papel decisivo.

En ese contexto, la ofensiva neoliberal encontró en Cuba de Fidel y el Foro de Sao Paulo un serio escollo a sus planes; el foco de la resistencia y espacio de reflexión y rearme teórico que permitió desenmascarar al modelo reaccionario alentado por el imperialismo norteamericano con la complicidad de las clases dominantes nativas, retomar la iniciativa y pasar a la contraofensiva. Allí encontró Hugo Chávez la fuente que le dio horizonte y perspectiva a la Revolución Bolivariana para tornarse en bastión de la lucha liberadora latinoamericana y caribeña. No es gratuito el ensañamiento de la pandilla reaccionaria contra Chávez, campaña insidiosa que ha doblegado a cierto sector izquierdista que se ha tragado el cuento de la democracia y los derechos humanos made in USA.

La región latinoamericana y caribeña se convirtió en un terreno de disputa entre la derecha neoliberal sometida al imperialismo norteamericano, y los sectores de izquierda, progresistas, democráticos y patrióticos, defensores de la soberanía, los recursos naturales, el medio ambiente, de los derechos laborales y ciudadanos, de los pueblos originarios, del bienestar para las mayorías, de la integración independiente para afrontar los retos del siglo XXI, en un escenario mundial de globalización y revolución tecnológica dominado por las grandes potencias.

En esa línea se abrió así un ciclo inédito de gobiernos de izquierda y progresistas que le cambiaron el rostro a América Latina. Junto a Venezuela, países como Brasil, Ecuador, Bolivia, Argentina, Honduras, Uruguay y Paraguay optaron por sacudirse del tutelaje norteamericano, llevando a cabo un proceso de integración que tuvo sus frutos en Unasur, Mercosur, Alba, Celac; situación que ni el imperio del Norte, ni las clases dominantes nativas estaban dispuestos a tolerar. La contraofensiva reaccionaria recurrió a todo para traerse abajo estos gobiernos y modificar a su favor la correlación de fuerzas: al fraude, al golpismo, a la persecución judicial, a la campaña mediática, al asesinato selectivo de dirigentes políticos y sociales, al uso de la OEA y el Grupo de Lima para justificar sus tropelías. De este modo se entronizaron regímenes autoritarios, entreguistas y abiertamente fascistas que se dedicaron a redoblar la profundización del modelo castigando a las grandes mayorías.

Se equivocaron quienes creyeron que se había cerrado el ciclo favorable a la izquierda y el progresismo en América Latina y El Caribe y que el neoliberalismo había plantado sus estacas por un largo periodo. La región continúa siendo un escenario de disputa, de agudización de la lucha de clases al interior de los países, de confrontación con el imperialismo a escala continental. Con el neoliberalismo fracasado y puestos en evidencia sus efectos destructivos para la naturaleza y el bienestar de la gente, no es la calma sino la tempestad lo que caracteriza al periodo. Los pueblos resisten y se levantan, tal como ocurre en Chile, Ecuador, Brasil, Argentina, Honduras; obtienen victorias como en México; defienden sus procesos como en Bolivia y Venezuela, continúan levantando la antorcha de la revolución, como en la heroica Cuba.

Marchamos pues a una etapa de ruptura histórica donde la lucha será tenaz y se librará en los diversos escenarios de acción política electoral y no electoral, de masas, de ideas; un complejo camino marcado por avances y retrocesos, por victorias y derrotas temporales, pero que finalmente abrirá un nuevo rumbo para nuestros pueblos y países; proceso que en plano mundial está signado por el declive del imperialismo norteamericano y la constatación de que frente a la barbarie capitalista, el socialismo se levanta como la gran esperanza para la humanidad.