Por: Tania Chirinos

Este domingo 31 de mayo se cumplen 50 años del terremoto de 1970. A pesar de los años transcurridos, el dolor permanece en la memoria colectiva y las heridas continúan abiertas.

Eran las 3:25 de la tarde, teniendo como epicentro las costas frente a Casma y Chimbote, lugares afectados por la magnitud de 7,8 grados en la escala de Richter, provocando el desprendimiento de un bloque del nevado Huascarán, produciéndose un gigantesco aluvión que sepultó la ciudad de Yungay, perdiendo la vida más de 70 mil personas, casi 150 mil heridos, miles de desaparecidos y más de 3 millones de afectados.

Toda la expectativa sobre el debut de la selección peruana en el Mundial de México 70, previsto para días después de la tragedia, se transformó en sufrimiento colectivo. Los 45 interminables segundos se hicieron eternos en tragedia que hoy perdura. Siendo pocos los sobrevivientes, muchos de ellos niños.

Necesidad de prevención

Con lo mencionado líneas arriba no se pretende escarbar la herida todavía abierta. La intención es reflexionar sobre qué tanto hemos avanzado en medidas preventivas en la sociedad, si hemos aprendido a actuar con respecto a los desastres naturales, si somos conscientes que nuestra patria tiene zonas vulnerables porque en cualquier momento podemos atravesar por estas situaciones y, en el caso de los que asumimos militancia política, qué tanto consideramos el tema en nuestras propuestas de planes y accionar con sectores poblacionales a los que nos vinculamos o ejercemos un nivel de influencia.

Se dan continuamente sismos, huaycos, oleajes anómalos, heladas y friaje. El próximo 15 de agosto se cumplen 13  años del terremoto de Pisco, el 2017 el Niño Costero arrasó en la región norte del país, el 26 de mayo se cumplirá un año del terremoto de Yurimaguas. En todas esas lamentables situaciones vividas por millones de peruanos se repite, una y otra vez, la falta de políticas gubernamentales para prevenir los desastres, que no solo estén escritas o aprobadas oficialmente, sino también, superar las serias dificultades en su implementación, ya sea por incapacidad o, incluso, la detestable corrupción.

Es tanta nuestra falta de previsión que ya es casi una “costumbre” recolectar ropa, víveres o dinero, principalmente, a través de eventos propiciados por los medios de comunicación. De tal manera que, miles de compatriotas colaboran y logran paliar de alguna manera sus efectos ¿Es eso suficiente?

Sería importante preguntarnos, si el hecho de estar en plena expansión de la pandemia por el Covid-19, nos exime de un sismo u otro fenómeno natural. ¿Estamos preparados para ello? ¿Aplicamos los planes de contingencia familiar en estos casos? ¿Educamos en nuestros hogares y vecinos al respecto?

Diversas informaciones de organismos como el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) o el Instituto Geofísico del Perú (IGP) señalan evidencia científica que en la costa central del país, podría ocurrir un terremoto pues la zona acumula energía como para generar un sismo de gran magnitud de poco más de 8 grados en la escala de Richter pues no se ha liberado energía sísmica desde el catastrófico terremoto de 1746.

El caso de Lima

Hace casi una década, la Universidad Nacional de Ingeniería junto a centros de investigaciones sísmicas, han elaborado mapas de riesgo de la capital. En ellos, detallan los estudios de edificaciones y las condiciones de suelo, señalando las zonas más vulnerables. Alertas sobre las terribles consecuencias, pérdidas de vidas, colapso de las construcciones, entre otros.

Sin embargo, seguimos haciendo oídos sordos o muchas veces la indiferencia o desinterés se impone y esperamos a que suceda lo peor para recién lamentarnos cuando es tarde. Ello merece un mayor análisis reflexivo porque está relacionado a acciones y costumbres muy arraigadas entre nosotros, al no estilar prever. Nuestra vida cotidiana no es precisamente organizada ni pensada hacia futuro y actuamos de acuerdo a como se vayan desarrollando los acontecimientos. Lo cual también tiene sus expresiones en la actividad política, incluso, de la propia izquierda.

Amargas experiencias

Los peruanos hemos sido testigos en más de una oportunidad que en casos de accidentes (como el caso de la explosión de gas en Villa El Salvador o la tragedia del serpentín de Pasamayo) el sistema de salud no ha estado a la altura, muchas veces la infraestructura hospitalaria hacía gala de sus deficiencias. Hoy lo vivimos amargamente con el colapso sanitario para enfrentar la pandemia por el Covid-19.

Sin ir muy lejos, solo en la capital, la infraestructura hospitalaria es antigua y, a decir de los especialistas, los hospitales fueron construidos antes de incorporarse la primera norma de diseño sismo resistente que se dio en el Perú en 1970.

Reflexionar y actuar

Para quienes aspiramos construir una patria nueva, representativa de los intereses de las grandes mayorías, hoy excluidas y marginadas, es necesario considerar el tema preventivo en seguridad, salud, violencia y otros en nuestro accionar político cotidiano y con proyección política en beneficio del ser humano. Ello implica tomar en cuenta esta realidad en los niveles de organización popular y se luche por justas reivindicaciones, exigiendo políticas preventivas serias, responsables, sin corrupción, en sus respectivas jurisdicciones poblacionales. En este tema específico, participando activamente en simulacros y campañas de difusión para promover consciencia entre los ciudadanos de cómo actuar en tiempos tan complicados, implementar las mochilas de emergencia que hoy en plena cuarentena tiene contenido particular, cultivar en los niños y jóvenes el velar por los adultos mayores en nuestras casas, asumir roles específicos, conocer zonas de seguridad, aplicar planes de contingencia familiar y comunal, entre otros.

No esperemos a que las cosas sucedan para recién actuar, cuando poco o nada se puede hacer. Circunstancias como la que vivimos con la pandemia, nos hacen pensar que hay que tomar en cuenta qué terreno literalmente pisamos y los científicos e investigadores han dado respuestas. Son tiempos para tomar consciencia real y no formal, ser partícipes, fomentar organización y también liderazgos desde el pueblo.