Por: Alberto Moreno Rojas

Hoy 14 de junio se conmemora un año más del nacimiento de uno de los intelectuales fundamentales que ha producido el Perú y América Latina: José Carlos Mariátegui. Intelectual con una filiación y una fe, que integró en un todo pensamiento y acción, definición ideológica y teórica con capacidad de construcción política, cultural y ética del proyecto revolucionario que hizo suyo.

Toda la riqueza de su pensamiento y de su actividad práctica puede resumirse en su convocatoria a la “creación heroica” del socialismo que se nutra de “nuestra propia realidad” y se exprese en “nuestro propio lenguaje. Universal, sí, pero partiendo de nuestras raíces y realidad.  

Contraviniendo su declarada definición marxista y su determinación de concurrir a la realización del socialismo en el Perú, tarea a la que dedicó sus mejores esfuerzos inmediatamente que pisó suelo peruano luego de su estancia Europea, Luis Alberto Sánchez lo acusó de europeizante, precisamente al intelectual y revolucionario radicalmente opuesto a toda variedad de dogmatismo, caudillismo, nihilismo, seguidismo a lo extranjero  o adaptación ciega al movimiento espontáneo.

En carta a Clodoaldo Espinoza, de setiembre de 1929, en síntesis definitoria le escribe: “Hay que realizar simultáneamente…el estudio de la literatura marxista fundamental y la aplicación del método marxista al esclarecimiento de las cuestiones nacionales”. Es lo que hizo dejándonos un estilo de trabajo donde se funde la solidez doctrinaria con el estudio y conocimiento profundo de la realidad del Perú de su tiempo, inseparable de la labor orientada a la construcción de la fuerza intelectual, política, cultural, moral y de masas que hiciera realidad el cambio revolucionario que promovía.

Esta visión de integralidad, sujeta a su vez a las exigencias de una realidad en cambio y desarrollo, es lo que se ha perdido en el marxismo peruano luego de su desaparición física en 1930, cerrando hasta cierto punto un ciclo de “creación heroica” que no se ha resuelto hasta el presente y que constituye tarea fundamental de las nuevas generaciones.  

No es que el pueblo peruano, con el proletariado al frente, dejara de luchar. Más allá de errores o limitaciones relativamente fáciles de detectar, de existir espíritu crítico y autocrítico severo, esa lucha ha estado presente en distinto grado y no pocas veces con un alto nivel de heroicidad e  iniciativa. Lo que ha faltado – este es el mayor déficit a resolver- es la vanguardia política, intelectual y moral que tuviese la mirada estratégica de Mariátegui, la capacidad de observar objetivamente el Perú y su relación con el entorno latinoamericano y mundial, la visión de incorporar en un todo articulado la lucha ideológica, cultural, política, social, moral, étnica, de género, comunicacional, con la acción revolucionaria como centro,  además de una comprensión de la dinámica de lo concreto y del manejo táctico con lo estratégico.

La crisis de 1930 y los años siguientes fue una oportunidad extraordinaria para construir una alternativa de izquierda y socialista con amplia base social. El Partido, que pudo alcanzar un posicionamiento importante de contar con una conducción inteligente que entendiera la realidad de ese momento y encontrara la respuesta apropiada, optó por una salida  dogmática, sectaria, izquierdista, que lo distanció de las masas y lo colocó al borde del camino. Fue el APRA, que en palabras de Sánchez apenas cabía en un sillón, quien se posicionó canalizando las expectativas de amplios sectores del pueblo, para terminar hegemonizándolas durante décadas, convirtiéndose, de hecho en el principal tapón que impidió su avance hacia opciones de izquierda y socialista.

No es que la concepción y el método marxista fallaran como teoría y como proyecto político. Fallaron quienes, divorciándose de la herencia legada por el Amauta, se desviaron bien hacia un izquierdismo estéril, apadrinado desde el VI Congreso de la Internacional Comunista; o bien, más tarde, hacia un seguidismo igualmente estéril, a las maniobras de la derecha, al culto por la coyuntura, lo transitorio y parcial, que perdura hasta el presente. El tacticismo desprovisto de un rumbo estratégico se agota pronto.

Esta tradición explica la escasa aportación teórica del marxismo peruano. Explica también las debilidades para construir una alternativa integral, el peso determinante que adquiere el espontaneismo como concepción y como método de acción, que explica la subordinación del factor consciente al movimiento espontaneo, a lo fragmentario; o bien la acción política que no escapa de las fronteras que tolera el adversario.

Por eso las elecciones políticas, o el “control” de las organizaciones de masas, o las luchas que se agotan en la coyuntura, se convierten en fines en sí mismos en lugar de medios necesarios en la batalla por construir una alternativa viable desde la izquierda y el socialismo. Llegado aquí, el problema de la hegemonía, fundamental en la batalla por el cambio social, se diluye hasta desaparecer. No tiene por qué sorprender que, en los hechos, sectores que se reconocen de izquierda, incluso marxistas, terminen enredados en la maraña que impone el adversario, en lugar de abrir y desarrollar su propio camino con independencia e iniciativa.

Un solo ejemplo, en el caso del Partido, puede ayudarnos a entender lo dicho. ¿Cómo explicar que militantes del Partido, incluso con rango de dirección, que acceden a esferas de gobierno terminen gestionando parecidamente a otro de derecha, incluyendo prácticas corruptas? Es el caso de Cajamarca con Gregorio Santos y sus seguidores. Con el agravante de haber contado con el respaldo masivo del campesinado de la región, con rica experiencia de prácticas democráticas, sentido social, de organización y disciplina, forjada por las rondas campesinas. No es sólo mareo oportunista. Significa también la renuncia de valores y principios comunistas, el aprovechamiento grosero de una población que esperaba cambios reales, el abandono de la construcción de un movimiento de masas de izquierda, la renuncia a una gestión de nuevo tipo, posible entonces. El resultado natural es el descrédito de la izquierda como experiencia de gobierno innovador y la desmoralización de cientos de miles de hombres y mujeres que se sienten defraudados.

El coronavirus pone de manifiesto la profundidad de la crisis a que lleva el proyecto neoliberal. Crecientes sectores de la población sienten la necesidad de proceder a cambios fundamentales comenzando por el  Estado “subsidiario” que establece la Constitución fujimorista de 1993.  Nueva República y Nueva Constitución se convierten en banderas que se colocarán pronto en el centro del escenario político. No es difícil percibir la tendencia favorable para avanzar en esa dirección siempre que se cuente con una dirección correcta, con la unidad en lugar de la dispersión actual, con la capacidad para disputar a la derecha neoliberal y autoritaria la hegemonía del proceso político en curso.

En un escenario con estas características es más urgente volver a Mariátegui como guía teórico, intelectual y moral. Volver como lo haría él de estar entre nosotros: con amplitud de miras, con espíritu creador e innovador, como conocedor profundo de la realidad nacional y mundial, firmemente asentado en sus ideales socialistas, pero también con los pies bien puesto sobre la tierra.